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Leonardo ha sido muchas veces considerado como el
prototipo de hombre renacentista. Su inquietud le llevó a
introducirse en todas las ramas de las artes y de las ciencias de su
tiempo.
Como su propio nombre indica, nació en Vinvi, población cercana a
Florencia el 15 de abril de 1452, hijo ilegítimo de un notario y de
una joven campesina. La buena posición económica de su familia le
permitió dedicarse al estudio y a los quince años ya destacaba por
su soltura en la música y en las artes figurativas.
En 1481 recibe su primer encargo importante, La adoración de los
Reyes Magos y a partir de ese momento ya no le faltó trabajo y
pudo compartir el tiempo dedicado a la pintura por encargo con sus
trabajos sobre hidráulica, ingeniería, óptica o mecánica.
Leonardo dejó muchas obras maestras para la historia de la pintura
como La Santa cena o La Gioconda pero sobre todo la imagen de
un hombre inquieto y que quería estar por delante de su tiempo. En
1482 entra al servicio de Ludovico Sforza, duque de Milán, tras
haberle escrito una carta en la que el artista se ofrecía como
pintor, escultor, arquitecto, además de ingeniero, inventor e
hidráulico y donde afirmaba que podía construir puentes
portátiles, que conocía las técnicas para realizar bombardeos y
el cañón, que podía hacer barcos así como vehículos acorazados,
catapultas y otras máquinas de guerra y que incluso podía realizar
esculturas en mármol, bronce y terracota. De hecho, sirvió al
duque como ingeniero en sus numerosas empresas militares y también
como arquitecto. Además, ayudó al matemático italiano Luca
Pacioli en su célebre obra La divina proporción. Existen
evidencias de que Leonardo tenía discípulos en Milán, para los
cuales probablemente escribió los textos que más tarde agruparía
en su Tratado de pintura.
A partir de 1500 inicia largos viajes al amparo de distintos mecenas
que le requerían por sus cualidades como pintor pero que le
permitían seguir ocupándose de sus trabajos y experimentos
científicos y técnicos. En 1516 se traslada a Francia a la corte
de Francisco I, donde pasó sus últimos años en el castillo de
Cloux, cerca de Amboise, en el que murió el 2 de mayo de 1519. |