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Niñas colegialas... Coños de colegialas

Libro Virtual

Título: Niñas colegialas... Coños de colegialas

Autor:
Gestialba.com
Productor:
Gestialba.com 
Gión:
Gestialba.com
Protagonista principal:
Lucrecia.
Actores: Lucrecia, Amparo, Prudencio
Fotografía: Gestialba.com
Editada: 2007
Género: Erótico - (Fantasía)
Duración: 005 minutos 
Recomendada: 
Mayores de 18 años

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Soy lo que llaman en la jerga laboral un encargado de mantenimiento. Eso no tiene nada de especial, es un trabajo como otro cualquiera. Lo especial está en el lugar donde desarrollo dicho trabajo. El sitio en cuestión es una escuela, una escuela privada de chicas, sólo chicas. Chicas comprendidas entre las edades de 16 y 21 años, ¡qué bien pensarán! ¿Bien? Aquí les quisiera ver, es un verdadero horror, ¡una tortura! ¿Por qué se dirán? No quieran saber lo que es aguantar día tras día las provocaciones de semejante bicho dañino. Las chicas en esas edades necesitan estar con chicos, y aquí no los pueden ver y mucho menos tocar, ¡para eso estoy yo! No me dejan descansar en un solo instante, cuando no es una es la otra. Con las que son mayores de edad, por aquello de la ley no tendría problemas en satisfacer sus deseos, pero con las que son menores, ¿qué puedo hacer? Las rehúyo como si de monstruos se trataran. No, por favor otra vez no, ahí llega:  

-Hola Prudencio, vengo para que me arregles el asa de la cartera, se me ha roto y no puedo llevar así los libros, ¿Tiene solución?  

Lucrecia es el demonio en persona, desde que ingresó hace dos años en la academia no deja de provocarme una y otra vez para que haga el amor con ella. Estoy más que harto, pero no puedo hacer nada por evitarlo. Lucrecia es hija de un mafioso muy importante y me amenaza con contarle a su padre lo que hago con ella, es una pescadilla de esas que se muerden la cola. Si no me la follo, me amenaza con decirle a su padre que lo hago, y si lo hago me tiene cogido ya que si se lo dice me mata, ¿qué hago? Nada, lo que estoy haciendo desde hace dos años, hacer el amor con ella siempre que lo desea. Tengo un miedo terrible a que se quede embarazada, pero sigue insistiendo en que quiere practicar el sexo sin condón, solamente utiliza las pastillas anticonceptivas. No sé muy bien lo que quiere conseguir, pero como siga así al final lo conseguirá. ¡Sí, conseguirá que me maten!  

-Déjame ver la cartera Lucrecia. Efectivamente, tiene solución. Puedes pasar esta tarde a recogerla la tendré arreglada.

-Así lo haré, prepárate que te daré un regalo muy apetecible, ¡ya verás!

-¡Vale como quieras, tú mandas!  

No habían pasado 10 segundos desde la salida de Lucrecia, cuando al recinto donde tengo las herramientas y todos los utensilios habituales para el buen funcionamiento de la escuela llega Amparo, la chica más dulce pero a la vez más perversa de todas las que hay en la escuela. Cuando la veo el corazón me palpita, ¡no sé si de amor, o de miedo! Tiene 16 años y algunos meses, es una descocada y me provoca exagerada y abiertamente. No le hago caso, y cuando ella llega, trato de ir a sitios donde haya chicas y profesores. Este es un trabajo que no quiero perder y mucho menos, perder mi libertad por acostarme con una menor, nunca lo he hecho y no pienso hacerlo. Aunque la tentación es grande llevo 4 meses de victoria, pero ella no ceja en sus intentos de que sucumba:  

-¿Dónde vas Prudencio? No te marches, ¡mira que braguitas más bonitas! Me las he puesto para ti, ¿quieres tocarlas? Son muy suaves y están húmedas, te gustará.  

No crean que sea un viejo decrépito y salido que las provoca, ¡nada de eso! Soy un hombre de treinta años que se dedica a este oficio desde que salió de la universidad con el título de ingeniería electrónica. Llevo dos años trabajando aquí, ya que mi tía que es la directora me ofreció el puesto de trabajo, que por cierto me dijo que si le hacía algo a las chicas me cortaría las pelotas, ¡fueron sus palabras textuales! Lucrecia ha sido el único desliz que he tenido debido al chantaje, pero con Amparo no pienso caer en la misma trampa. ¿Qué puedo hacer? Si una hermosa y encantadora chica se levanta la falda del uniforme y deja a la vista sus pequeñas braguitas que sólo alcanza a cubrir su no menos encantadora vulva. Te empiezas a imaginar cosas y la libido hace que empieces a olvidar la promesa que hiciste a tu tía, te olvidas de ella y hasta de la ley. He estado apunto de caer, pero en el último momento cuando estaba a escasos centímetros de tocar su maravilloso cuerpo, ¡alguien, no sé quién! Dijo:  

-Prudencio, no lo hagas que te puede costar la vida.  

Esa voz real o imaginada que escuché, me hizo pensar en Lucrecia, ¡en sus celos! Si me encuentra tonteando con Amparo, no dudo que le dijera a su padre que la he violado. Me matarían, ¡deja, deja...!  

-¿Porqué me haces esto Amparo? Sabes que eres menor de edad y que me metería en un gran lío si me encuentran tocándote, ¡no gracias, vete cariño!

-Eres un desagradecido, me las he puesto por ti, ¡ala, ahora me las quito!  

Como les he dicho es encantadora, pero es muy perversa, se las quitó con evidentes signos de enfado y me las tiró a la cara, se marchó como lo que es, una colegiala enrabietada. Tomé entre mis manos esa minúscula prenda y no pude resistir la tentación de llevármelas a la altura de mi nariz para deleitarme con el aroma impregnado de su joven sexo. No tuve ninguna duda, tenía planeado quitarse las bragas para que yo las pudiera oler, por ese motivo estaban húmedas de orina y jugos vaginales, eran signos evidentes de haberse hecho una paja, ¡se masturbó para mí!  

Pensando en Amparo inicié la tarea de reparar el asa de la cartera de Lucrecia, mi pene luchaba por enderezare debido a la excitación de la visión del infantil sexo de tan perversa niña colegiala. Pero como estoy acostumbrado aparté mi mente de la escena y me centré en el trabajo de reparación de la cartera, ¡qué lucha! Un agujero por aquí, un tornillo por allá, ¡ala ya está, cartera nueva! Ya he terminado la reparación de la cartera de mi amante por obligación.  

Tomé el bloc de notas donde apunto las reparaciones que tengo pendiente y la siguiente faena que tenía que hacer era en el despacho de mi tía, ¡perdón! En el despacho de la directora, Anabel que así se llama, no quiere que se sepa que es mi tía, ¡sus motivos tendrá! Como no me cuesta hacerlo, ¡yo la respeto! Siempre la llamo Señora Anabel. Armado con el cinturón de las herramientas más habituales me dirigí al despacho de la directora, ¡oh sorpresa! ¿Qué son esos gemidos? En la secretaría, no está la secretaria, ¿dónde puede estar? Me acerqué sigilosamente como si de un felino en plena tarea de caza se tratara a su presa, en este caso la puerta del despacho de Anabel, ¡no, qué es eso! Es Jazmín, la secretaria y Anabel haciendo el amor fundidas en la posición del sesenta y nueve, ¿Ahora que hago? Aquella escuela se estaba pareciendo cada vez más a una escuela perversa de amor y sexo que a una escuela donde se imparte cultura.  

Me marché y las dejé disfrutando de su maravillosa sesión lésbica, ¿quién soy yo para molestar a nadie cuando practican el sexo? Desde el despacho de la directora fui hasta la clase de las chicas de 16 años, para cambiar dos fluorescentes que estaban fundidos. De nuevo en esa mañana me encontré con Amparo, que mientras que yo cambiaba los fluorescentes fundidos por otros nuevos, ella aprovechaba para abrirse de piernas para que pudiera ver como se introducía el dedo corazón en la vagina y lo sacaba acariciando el clítoris, luego lo llevaba hasta la boca y lo paladeaba como si de un caramelo se tratara, ¡como siga así, la descubrirán! Recogí la escalera y me marché antes de que la excitación de mi pene me delatara.  

Acalorado salí de la clase donde estaba Amparo, y nuevamente me dirigí al despacho de la directora, suponía que ya habrían terminado de hacer lo que estaban haciendo, así fue, cuando entré en la secretaría, Jazmín ya ocupaba su lugar de trabajo, ¡qué hermosa es Jazmín! Tiene 50 años y está algo metida en carnes, pero cada día que pasa me gusta más y más, ¡me alucina su simpatía!  

-Hola Jazmín guapa, ¿está la directora en su despacho?

-¡Gracias adulador! Está, ¿le digo que has llegado?

-Sí, dile que vengo a reparar la toma de corriente del ordenador que falla.  

Jazmín me dijo que podía entrar, aprovechó la ocasión para guiñarme un ojo y lanzarme un beso, es simpática sin tenerse que esforzar y por la forma en que me mira, dudo que no le gusten también los hombres. Le respondí con guiño dirigiendo la mirada hacia su pronunciado escote, ella sonrió. Entré en el despacho de Anabel:  

-Buenos días Señora Anabel, vengo a reparar la toma de corriente del ordenador.

-Bien, puede empezar cuando quiera.  

La toma de corriente estaba en una posición en la que podía ver las piernas de Anabel durante la reparación, ella siguió trabajando como si en el despacho no hubiera nadie, me fije en sus piernas para ver si podía ver algo interesante, ¡nada! Anabel viste siempre muy recatada, y la falda de vuelos le llegaba hasta las espinillas, solamente podía disfrutar de la visión de sus pies acariciados por unos zapatos de tacón alto, ¡la hacían sensual, pero nada de otro mundo! Cuando terminé de realizar el cambio del enchufe de la toma de corriente averiada le dije:  

-Señora Anabel, puede conectar el ordenador para ver si todo funciona correctamente.  

Lo conectó y aprovechó para levantarse e ir al cuarto de baño que tiene en el mismo despacho, entró dejando la puerta entreabierta, se miró al espejo y se hizo unos retoque en las cejas y se colocó bien el jersey, situando en su posición el escote, Puso un pié encima de la taza del váter y se ajustó bien las medias, por primera vez en mi vida pude ver un muslo de mi tía que a pesar de sus 55 años estaba de muy buen ver. Se percató de que la podía ver reflejada en el espejo y cerró completamente la puerta, ¡qué día! Con todo lo que me estaba pasando, estaba tan excitado que empezaba a dudar que lo pudiera resistir.  

-Señora anabel, todo funciona bien, ¿necesita algo más?

-No Prudencio, se puede marchar.  

Salí apresuradamente del despacho de Anabel más excitado de lo normal, mi pene sin yo darle la orden se estaba poniendo en posición de ataque, tenía que llegar lo antes posible al cuarto de baño que tengo habilitado para mi uso personal en el cuarto de calderas. Como pude con el cinturón de herramientas me tapé la delantera del mono de trabajo que utilizo, pasé por la secretaría, ¡que suerte! Jazmín no estaba en su lugar de trabajo, ¡qué situación más embarazosa! Llegué acalorado a la sala de caldera, entré en mi cuarto de baño y allí, me tuve que desahogar, ¡sí, me tuve que masturbar! ¿Pasa algo? Estaba aliviado, pero no dejaba de pensar en la situación en la que cada día tenía que afrontar mi trabajo. Esperé un tiempo prudencial y salí del aseo en dirección al taller, allí estaría esperando Lucrecia para recoger su cartera reparada:  

-Hola Lucrecia, ¿Hace mucho que esperas?

-Cinco minutos, ¿Qué te pasa, te veo acalorado?

-Sí, es que he tenido una mañana muy ajetreada.  

Saqué el pañuelo del bolsillo para secarme el sudor, ¡craso error! Al sacar el pañuelo cayó al suelo las braguitas de Amparo, ¡no me acordaba de ellas! Lucrecia que las vio se abalanzó sobre ellas como una posesa. Las recogió del suelo y las olfateó como si de un perro se tratara, ¡son de Amparo dijo! Me quedé perplejo, Lucrecia además de chantajista era capaz de averiguar a quién pertenecían las bragas con un simple olfateo. Lucrecia era tan celosa que temía su reacción.  

-¿Qué has hecho degenerado? Todavía es una niña. De esta no te salvas, ahora mismo voy a decírselo a la directora.  

No importaba lo que dijera, ¡no me iba a creer! Por lo que dejé que hiciera lo que quisiera, le dejé que gritara, en definitiva que se desahogara, ¡lo hizo, valla si lo hizo! Me llamó de toda clase de lindezas. Cuando se calmó y se disponía a salir del taller, llegó la que faltaba para acabar de arreglar el conflicto. ¡Amparo, no...!  

-¿Qué haces tu aquí, pedazo de puta? –Preguntó Lucrecia-

-¿Puta yo, tú si que eres una puta chantajista? –Contestó Amparo-  

Todos los ingrediente de la fiesta estaban servidos, por una parte los celos de Lucrecia, por otra parte la perversidad de Amparo. Lucrecia se acercó y dio un empujón sobre el brazo izquierdo de Amparo, ésta, en un abrir y cerrar de ojos tenía a Lucrecia estirada en el suelo aplicándole una llave de judo, lucha libre, ¡o no sé qué! La cuestión es que Lucrecia fue a dar con sus huesos al suelo, y Amparo con sus piernas a horcajadas sobre la cabeza de Lucrecia, de manera que el coño desnudo de Amparo tapaba la boca de Lucrecia, supongo que ésta, si le hubiera querido morder le hubiera hecho mucho daño. Pero de morderle nada de nada, empezó a lamerle suavemente, a lo que Amparo respondió con gemidos de placer, ¿qué estaba pasando? Las dejé allí, disfrutando de su íra tan peculiar.  

Fui al despacho de la directora y tras contarle todo lo sucedido le presenté la dimisión, dimisión que aceptó encantada:  

-Prudencio, te hablo como tía tuya que soy, ¿recuerdas que te dije que si le hacías algo a las chicas te cortaría las pelotas? Pues te mentí, no te las cortaré yo, te las cortarán los familiares de Lucrecia, ¡tenlo por seguro! Te recomiendo que te marches del país, ¡no, mejor del mundo! ¿Lo harás?

Estaba a punto de contestar a Anabel, cuando se presentaron el despacho Lucrecia y Amparo agarradas de la mano como si se tratara de dos chicas enamoradas, ¿qué pasó...? Habló Lucrecia:

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-Señora directora, hemos venido para contarle todo lo sucedido con el encargado de mantenimiento.

-Chicas habéis llegado tarde, Prudencio me lo ha contado todo. Está despedido. Ahora si lo deseas puede avisar a tu familia para que le ajuste las cuentas, ¡es todo tuyo!  

Lucrecia contestó dando un beso de tornillo a Amparo. Después dijo que no diría nada a su familia, que ella había sido la culpable de todo lo sucedido y que Prudencio era una simple víctima de sus chantajes. Además, por él, he conocido el amor de mi vida, Amparo esta dulce criatura, criatura que sólo tenía ojos para ella, estaba como hipnotizada. Las dos salieron agarradas de la mano. Aquello realmente parecía el inicio de una larga e idílica amistad.  

Esta vez tuve suerte, aprendí la lección y busque trabajo en una planta petrolífera como buzo, así vería una mujer cada tres meses, ¡qué descanso!

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