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Fiesta de lesbianas

Libro Virtual

Título: Fiesta de lesbianas

Autor:
Gestialba.com
Productor:
Gestialba.com 
Gión:
Gestialba.com
Protagonista principal:
Débora.
Actores: Débora, Abuela, Madre
Fotografía: Gestialba.com
Editada: 2007
Género: Erótico - Fantasía (Incesto)
Duración: 010 minutos 
Recomendada: 
Mayores de 18 años

 

 

 

 

 

 

 

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Desde que tengo uso de razón sexual, y aún antes de saber qué era, qué significaba la sexualidad, cuando veía a mi madre duchándose, me fijaba en ella con verdadero deseo, ¡Ahora sé qué es deseo! Antes, en mi infancia, sólo recuerdo que me ponía nerviosa y que me gustaba mirarla.  Mi madre al igual que yo le llevo ahora a mi hija, me llevaba 20 años de diferencia, son cosas que ocurren, cosas difíciles de creer, pero que en nuestro caso es cierto, las tres, mi hija, mi madre y yo cumplimos años el mismo día, para mas detalles, el día 15 de octubre próximo pasado, mi madre cumplió los 60 años, mi hija los 20, y yo los cuarenta. Antes de seguir, quiero dejar claro que esta no es una historia de mujeres que descubren la homosexualidad femenina por casualidad, ¡nada de eso! Ni madre siempre, desde que cumplí los 18 años, me ha estado acariciando, besando y haciéndome el amor en todas y cada una de las ocasiones en que le era posible, yo con mi hija lo llevo haciendo desde que cumplió los 18 y la semana pasada que cumplió los 20, tanto mi madre como yo, creímos que ya era hora de hacer las tres juntas el amor. Eso es lo que intentaré contar en las próximas líneas de este relato:

Como ha podido comprobar, las tres tenemos una edad algo difícil, mi hija por joven, mi madre por edad avanzada y yo por madura.

Empezaré describiendo a mi madre, que sin duda es la mujer más espectacular de las tres, ella a pesar de sus 60 años, tiene un cuerpo de esos que tanto las mujeres como los hombres dicen que quitan el hipo, de talla 90, 60, 90, ¡es cierto! Tiene un cuerpo de cine, parece que por ella no han pasado los años, tiene la piel tersa, los senos firmes y una silueta que envidiaría cualquier modelo de 20 años, ¡es preciosa! Quede claro que durante toda su vida, se ha podido cuidar, ya que no le ha faltado de nada, todos los caprichos que ha deseado los ha tenido, porque mi padre, ¡ahora fallecido! Sólo ha tenido ojos para ella, la adoraba, ella solamente lo engañaba conmigo, ¡con un hombre jamás!

Mi hija, como joven que es, es una mujer apetecible, pero he de decir que se ha dejado un poco, no le importa la línea, ni el cutis, ni si tiene mucho peso o poco. Con esto no quiero decir que mi hija es una chica algo ”pasota”, mide 1 metro y 70 centímetros y pesa 100 kilos, es una chica entrada en carnes a la que según ella nada le importa la moda o la delgadez.

Por último me describiré a mí misma, sé que es difícil describirse y decir las cualidades o los defectos que una persona tiene, ¡lo sé! Pero a pesar de lo complicado que es, en primer lugar diré que soy una mujer de pelo, moreno, ojos castaños, boca expresiva, un tanto grande con labios carnosos y unos dientes blancos como la leche ya que los cuido mucho. Tengo una cara algo aniñada y de rasgos simpáticos, todas las personas que me conocen me echan menos edad de la que tengo, ¡eso enaltece mi ego! Sigo con la descripción de mi cuerpo, mido 175 centímetros , tengo unas piernas esbeltas y que nunca se terminan, unas caderas bien torneadas, una cintura hermosa y un busto, pasable. Mis senos son algo pequeños, redondos y tersos.

Bueno, una vez descritas nuestras figuras, paso a contar qué es lo que pasó el día de nuestro cumpleaños al cubo, ¡como nosotras le llamamos! Como ya he dicho, mi madre y yo decidimos que ya era hora de mantener relaciones sexuales con mi hija, por eso lo habíamos hablado y decidimos hacerlo ofreciéndonos como si nosotras fuéramos un regalo. He de decir, que no las teníamos todas con nosotras, pues sabemos del carácter difícil de nuestra nieta e hija, ¡cualquier cosa podía pasar!

-¿Chicas, qué hacemos? –Les dije jovial a mi madre y a mi hija.

-Comernos la tarta, ¿no mamá? –Contestó Débora, que es como se llama mi hija.

La fiesta de cumpleaños desde que murieran mi padre y mi marido en accidente de tráfico, siempre la hacíamos en soledad. Nosotras nos bastábamos para que la alegría no decayera.

-Sí hija, ahora mismo nos la comeremos, pero antes tenemos que cantar el cumpleaños feliz y apagar las velas. Recuerda que este año te toca a ti soplar y apagar las llamas con la cantidad de años que sumamos las tres. –Le dije a Débora, ¡mi hija!

-Sí, es verdad mamá, me encanta soplar las velas, me encantan estos cumpleaños que celebramos, me encantan los regalos... ¡todo me gusta!

Estaba loca de contenta, cumplir años a diferencias de mi madre o de mí, le gustaba a rabiar, ¡cómo no! Con veinte años, no se piensa, ni se debe de pensar en los cuarenta, y mucho menos en los sesenta. ¡Bueno... nostalgias a parte! Débora sopló las velas que por cierto apagó de un solo soplido, ¡qué pulmones!

Como de costumbre después de apagar las velas y comernos la tarta llegaba la hora de la entrega de regalos. Todas como es natural, y entra dentro de la lógica nos entregábamos un regalo para alegrarnos la existencia, pero ese día, ante el asombro de mi hija, ni mi madre, ¡su hermosa abuela! Ni yo le dimos regalo alguno, estaba un poco sorprendida pero pronto le sacaríamos de la incertidumbre de lo que acontecía. Después de los besos y los abrazos de rigor y de darnos las gracias por los regalos recibidos, le dije:

-Débora, te habrás quedado algo sorprendida por no haber recibido ningún regalo para tu 20 cumpleaños, ¿Verdad?

-La verdad es que sí mamá. –Dijo mi hija algo triste mirando con lágrima en los ojos hacia su abuela.

-No estés triste mujer, tenemos un regalo para ti que no olvidarás el resto de tu vida. Tu regalo niña, ¡Somos nosotras!

Sus ojos resplandecían de alegría, ella llevaba dos años diciéndome que quería hacer el amor con su abuela. Pero saber que lo podría hacer con ella y conmigo a la vez, fue una cosa que no solo le gustó, le excitó tanto que antes de que hiciéramos nada, por sus piernas bajaba un hilo de sus jugos vaginales.

-Lo siento, de la sorpresa que me habéis dado, me estoy corriendo del gusto, ¡mirad, mirad como tengo las bragas! –Dijo con sonrisa pícara.

Ni que decir tiene, que esa tarde, y el resto de la noche, la pasamos haciendo el amor las tres juntas en la cama. Tanto mi madre como yo nos dedicamos a hacerla disfrutar. Mientras mi madre le acariciaba los pechos, yo le lamía el clítoris, cuando yo terminada de darle placer en toda la vulva, mi madre se turnaba, yo le acariciaba los pechos y la besaba, mientras ella le introducía dos dedos por el ano, los gritos de placer de Débora, iban en aumento. Estaba a punto de llegar al primer orgasmo cuando dijo:

-Me gustaría veros follar en la posición de tijeras a mamá y a ti, es una fantasía que me trae loca desde hace dos años.

Yo le había contado en infinidad de veces que su abuela era una mujer fogosa que hacía el amor sin cansarse, y que una de sus especialidades era la de frotar su clítoris contra el mío y hacer que llegáramos al orgasmos al tiempo. Mientras lo hacíamos, ella nos miraba y se masturbaba para llegar con nosotras al éxtasis del placer, cosa que sucedió en pocos minutos. Las tres llegamos al orgasmo, gritábamos del placer que sentimos. Nos fuimos a retirar de la posición de tijeras en la que estábamos pero Débora nos pidió que nos quedáramos así, que ella quisiera lamer nuestros coños y succionar los jugos que desprendían nuestras vaginas. Las tres nos fundimos en un abrazo al terminar y nos dormimos allí, en la cama, relajadas y exhaustas por la sesión lésbica que tuvimos.  

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Ahora ya hacemos el amor a diario las tres juntas, ¡no exagero! Si nos pudiera ver un profesional de sexología, pronto llegaría a la conclusión de que somos unas lesbianas verdaderamente ninfómanas, y si no lo hiciera, es porque no se merece serlo.

Han pasado casi tres meses ya desde nuestro cumpleaños al cubo, queremos convencer a Débora para que cambie en su manera de ser y se ponga a dieta para que rebaje algunos kilos, ¡no demasiado! Pero si algunos que le sobran, ya que hemos decido que tenga un bebé. Nos ha prometido que lo hará, pero de lo de quedar embarazada, ¡dice que ni loca!

Bueno, si Débora no tiene el hijo, yo todavía soy joven, lo mismo me decido y soy yo la que me quede embarazada. Desde que mi marido murió, en mi cueva del amor no ha entrado pene de hombre alguno, por eso estoy indecisa, si quedar embarazada de manera natural o artificial. Si lo decido, prometo contarlo para que lo sepa, ¡besos! Espero que le haya gustado el relato.

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