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Follar
en su boca era lo que me apetecía a mí y lo que deseaba
ella, era lo que a los dos nos gustaba.
Al principio de
nuestras relaciones sexuales tanto a ella como a mí nos daba
asco el solo pensamiento de hacerlo. ¡Eso es repugnante!
Pensaba ella y yo le daba la razón. Nos parecía una cosa
antinatural.
Pero con el paso del tiempo y la monotonía que
va adquiriendo toda relación. Hacerlo como siempre resultaba
aburrido y poco excitante. Poco a poco nos fuimos convenciendo
de probar nuevas técnicas, nuevas prácticas del sexo.
Una de
ellas fue la de introducir mi pene en su boca hasta provocarle
arcadas.
Al principio de la práctica, nada más introducirle
el pene vomitaba y me ponía perdido. ¡Por eso lo hacíamos
cuando nos bañábamos! Luego fue cogiendo costumbre y mi pene
le llegaba hasta la garganta sin ni siquiera pestañear.
Ella
misma se la retiraba cuando necesitaba aire. Ella llegaba al
orgasmo y yo también. Después de realizado el acto sexual,
me decía que recibir el semen caliente en su garganta le hacía
sentir una sensación que nunca había experimentado.
Yo la
creía. A mí también me lo parecía.
¡Me gusta follar su
boca! ¡Le gusta que le follen su boca! ¡Basta ya de hacer
siempre lo mismo! Nuestros preliminares empiezan con una ducha
conjunta. Sentir el agua tibia chocando sobre nuestros cuerpos
resulta extraordinariamente excitante.
Besitos, por aquí,
besitos por allá. Hacen que poco a poco alcancemos un estado
de fogosidad tal.
Que la introducción del pene totalmente
erecto, ¡y cómo no, debidamente higienizado! Entre en su
boca y que ella lo espere como si fuera un manjar. ¿A caso no
lo es?
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