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Tener
un hijo siendo una madre joven es una cosa muy hermosa y
excitante, desde que tuve a mi hijo a la edad de 16 años
siempre tuve pensamientos incestuosos. Estaba convencida que el
incesto entre madre hijo era una cosa hermosa. Cuando lo lavaba
y le tocaba su diminuto pene mi imaginación me transportaba a
tener relaciones sexuales con él. Siempre pude controlar mis
deseos y fui de lo más recatada. Ahora que ya he cumplido los
50 años, y por suerte me he quedado viuda hace una semana, no
me importaría lo más mínimo tener una aventura de incesto con
mi hijo. ¿Qué hay de malo hacer el amor consentido con un hijo
de 34 años? No creo que le pueda perjudicar a su madurez, por
el contrario a mí me puede hacer mucho bien.
Ardo, mi hijo, Eduardo para los amigos es el único hijo que he
tenido, ya que mi marido perdió el interés en mí nada más
nacer él, así que llevo 34 años a pan y agua, como una idiota
siempre le fui fiel. Mi marido aunque no me trataba como a una
esposa, siempre me quiso y se portó bien y no me ha faltado de
nada. Al morir en su testamento me ha dejado parte de su
fortuna, que me da para vivir holgadamente el resto de mi vida.
Siempre creí que cuando muriera no me dejaría nada, y que todo
sería para sus amantes ¡Me equivoqué, también se acordó de
mí! Me he liado a contar cosas de mi marido, cuando en realidad
quería contar el motivo del llamar Ardo a mi hijo. ¡Es simple!
Con los pensamientos que siempre tenía y sigo teniendo, ardía
y ardo de deseos. Por lo tanto empecé a llamarle Ardo
aprovechando la terminación de Eduardo, de esa manera nadie
podría sospechar lo calenturienta de mi imaginación.
¡Estoy harta! Desde ahora no perderé ocasión y me convertiré
en la mujer más perversa sexualmente hablando de la faz da la
tierra. Lo primero que voy hacer es acostarme con mi hijo y
practicar el incesto madre hijo. Trataré un plan para
seducirlo, no quiero hacerlo de una manera rápida, lo quiero
seducir de la forma más erótica que se pase por mí ahora más
que calenturienta cabeza. Se me olvidaba, la criatura todavía
sigue viviendo en casa a pesar de sus 34 años ¡Ya se sabe,
ahora los hijos se marchan de casa a los 40! Cuando se hacen
maduros y se atreven a vivir sus vidas. No me importa que viva
conmigo, y que se sirva de mí, yo me valdré de él al máximo.
Se oye la puerta, Ardo llega:
-Hola mamá ¿Cómo te encuentras?
-Muy bien Ardo, pero todo el día aburrida sin nada que hacer.
¿Cómo te ha ido a ti el día de trabajo?
-¡Fantástico! El viernes es un día de trabajo relajado. Todos
los mandos se marchan a media mañana y no se les ve más el
pelo hasta el lunes.
-¿Vas a salir Ardo?
-No, hoy me quedaré viendo la tele, Ayer estuve hasta muy tarde
y estoy cansado.
Ardo se dispuso a ver la televisión, yo mientras tanto miraba
una revista del corazón sentada en un lado del salón apoyando
los antebrazos sobre la mesa. En la posición en la que está
ubicada la mesa al sentarme frente a ella, ardo tiene una visión
perfecta de mis piernas vistas lateralmente. Al sentarme, he
remangado mi falda para dejar buena parte de mis piernas al
descubierto, quiero que se fije en ellas. Ni siquiera se ha dado
cuenta de lo elegante que me he vestido hoy ¡Claro, es mi hijo
y pasa de mí! Para llamar su atención me he girado abriendo
algo más de lo normal mis piernas y le he dicho:
-Ardo ¿Qué hacen en la televisión?
-Ahora empieza un partido de fútbol mamá ¿Lo quieres ver?
-Sí, nunca he visto ninguno pero hoy será el primero.
Al levantarme de la silla me ha podido ver las cintas del
liguero y creo que hasta un poco las bragas ya que me he
levantado con máximo descuido. Entiendo que no se interese por
mi cuerpo, no soy precisamente una modelo, veo que a mi hijo no
le interesan las mujeres maduras un poco entradas en carnes ¡Ostras,
soy una mujer! Solamente tengo 10 kilos de sobrepeso, que con
mis 175 centímetros de altura y mi complexión fuerte, a penas
se me notan y a pesar de mis 50 años tengo las carnes prietas y
unos pechos preciosos y unas caderas y piernas que no están mal
¡Él se lo pierde! No, no tiro la toalla:
-¿Quieres algo de beber Ardo?
-¡Una cerveza por favor! Gracias mamá ¡Eres la mejor!
Cuando me incliné par poner la cerveza y unas aceitunas para
picar le dejé ver el escote, lo hice descaradamente para que
pudiera ver mis pechos y oler mi aroma. Pero la criatura seguía
sin hacerme caso, él seguía mirando absorto la televisión.
Parecía gustarles más las piernas de los jugadores que mis
tetas, a este paso yo no practicaré el incesto madre hijo.
Exaltado me habla:
-¡Mama, mamá, siéntate que empiezan!
Como se pueden imaginar, poco me importaba el partido o las
piernas de los jugadores, lo que yo quería era follar con mi
hijo y que él me hiciera sentir lo que mi insólito marido no
me hizo sentir nunca. Le contesto:
-Voy, voy, ya me siento ¡Qué emocionante!
Él por primera vez en la noche me miró y sonrió y siguió
viendo el dichoso partido de fútbol. Disfrutaba viendo tíos
correr detrás de una pelota y cada segundo alguno de ellos
tirados al suelo diciendo ¡Ay, Ay, me han roto la pierna! No,
no ha sido falta grita Ardo, y yo seguía sentada a su lado
rozando mi muslo desnudo con su muslo cubierto por el pantalón,
imaginando como siempre lo excitante que sería hacer el amor
con mi hijo, empiezo a pesar que soy una depravada salida ¡Qué
caray! Lo que me pasa es que tengo que follar como sea, si no lo
hago con mi hijo, saldré a la calle y el primer tío que vea le
diré si me quiere echar un polvo. Suena el timbre de la
entrada:
-Deja mamá, ya abro yo. Es María que viene a ver el partido.
No sabía que existiera la tal María, todo mi plan se iba al
traste y como estos últimos 34 años me tendría que conformar
con masturbarme en la soledad de mi habitación ¡Qué le puedo
hacer! Ardo dice:
-Mamá, esta es María, una buena amiga. María esta es Marga,
mi madre.
Nos presentó, me la quedé mirando de arriba abajo, y pensé, cómo
se va a fijar en mi si ya se ha ligado a un ejemplar hermoso y
de medidas espectaculares, y para colmo con unos 30 años
aparentes de edad. Llevaba un vestido precioso de seda negro con
vuelos, medias negras y sandalias de tacón alto haciendo juego
con el vestido y un peinado de envidia. Nos dimos los
pertinentes besos de saludo y a continuación le digo:
-¿María, qué quieres tomar?
-Una cerveza, Marga.
Qué desastre, qué noche, yo queriendo llevar a mi hijo al
huerto y resulta que mi hijo ya tiene huerto para plantar su
zanahoria. Este ardor que tengo me está matando, le llevaré la
cerveza y los dejaré solos para que puedan hacer lo que deseen.
De regreso con la cerveza en las manos los veo allí, uno junto
al otro, viendo el aburrido partido de fútbol, entiendo que
esperan que me marche para que poder disfrutar de la noche:
-Toma Marga tu cerveza. Me voy a dormir, estoy cansada y me
duele la cabeza.
Me recluí en mi habitación y estuve pensando en lo sucedido,
estoy en mi casa y soy yo la que tengo que dejar el salón libre
para que mi hijo disfrute ¡No lo soporto más! Mañana sin
falta le diré que yo quiero intimidad y que piense en ir buscándose
un lugar para vivir. Cabreada, pero excitada me tumbo en la cama
completamente desnuda y me empiezo a acariciar y caigo en la
cuenta de que estoy más aburrida que una almeja en una piscina.
¿Qué puedo hacer? Ya estoy cansada de masturbarme, apenas si
me excito, practicar el incesto con mi hijo está descartado.
Son las 9:45 de la noche de un viernes, y no tengo ganas de
dormir, no me queda otra salida llamaré a Felisa, la vecina del
piso de enfrente, es una mujer soltera y de mi edad, supongo que
estará encantada de que la llame y pasemos la velada charlando
y viendo la tele. La llamaré por teléfono:
-Felisa al teléfono ¿Dígame?
-Hola Felisa, soy Marga ¿Puedo ir a tu casa para ver la tele?
Estoy muy aburrida.
-Por supuesto, yo también estoy sola y aburrida ¡Te espero, no
tardes!
Felisa se puso muy contenta, ya hace más de 15 años que la
conozco y creo que le gusto, no se me ha pasado nunca por la
cabeza el practicar el sexo con Felisa, por serle fiel a mi
marido y porque no creo que me gusten las mujeres. Pero hoy
estoy tan salida y falta de cariño que como se me insinúe como
otras veces le dejaré hacer lo que le apetezca con mi cuerpo.
Me he vuelto a vestir y he salido de casa hacia la de Felisa sin
ni siquiera decirle a donde iba a mi hijo, llamo al timbre:
-Hola Marga, ¡Qué alegría medas! Tenía muchas ganas que un día
te pasaras por mi casa para pasar un buen rato. Desde la muerte
de tu esposo he pensado todas las noches en ti.
-Hola Felisa ¡Me sorprendes! ¿Has pensado en mí?
No tengo la menor duda, le gusto a Felisa, y ella me gusta como
persona ¿Qué puedo perder si practico el sexo con ella? Estoy
hecha un lío, para saludarnos nos hemos dado un beso en cada
mejilla. Felisa en el tiempo que yo he tardado en vestirme,
estoy segura que también lo ha hecho, se ha puesto muy
seductora con un vestido azul ajustado y medias negras con
zapatos de tacón alto del mismo color. Me dice:
-¿Qué te pasa Marga? ¡Cuéntame, yo soy tu amiga!
Sin dudarlo me he desahogado con Felisa, le he explicado mis
pensamientos de practicar el sexo con mi hijo. Ella me ha
consolado diciendo que yo soy una mujer muy hermosa, que si mi
hijo no me hace caso que pruebe con otro hombre o mujer, no ha
perdido el tiempo y me ha dicho:
-¿Quieres hacerlo conmigo? ¡Yo estaría encantada!
-Gracias Marga, eres muy buena amiga, pero es que no sé si me
gustará hacer el amor con una mujer. No te lo tomes a mal, eres
una mujer muy bella y sensual pero creo que no estoy preparada.
Pasamos la noche hablando y bebiendo. Felisa no perdía la ocasión
para provocarme en cuanto podía, ella sentada en un lado del
sofá y yo en el otro, podía ver sus piernas y muslos al
completo y sus bragas sin problema alguno ya que no hacía nada
por evitarlo, cuando ya habíamos tomado algunas copas de vino
Felisa dice:
-¿Marga, pongo música y bailamos?
-¡Vale, me apetece! –Le contesté-
Con algunas copas de más, en ese momento Felisa podía hacer
conmigo lo que quisiera, que yo no se lo impediría, ella sin
duda lo sabía, pero no se quería precipitar sabía que caería
en sus hermosas garras. Empezamos a bailar separadas, ella se
contorneaba acariciando su cuerpo de arriba abajo al tiempo que
flexionaba sus rodillas hasta quedar sus ojos a la altura de mi
entrepierna. En esa posición me dejaba ver la totalidad de sus
bragas, yo para no desentonar hacía el mismo movimiento, en una
de las bajadas, Felisa en cuclillas con sus manos acarició mis
muslos, el tacto de sus manos a través de las medias de seda
recorriendo mis piernas en dirección a mis caderas levantando
mi vestido hizo que diera un gras suspiro de placer, me acarició
mis nalgas y se incorporó, clavando sus ojos en los míos y me
regaló una de sus excitantes sonrisas, seguidamente me dio un
beso en los labios que apenas rozó. Susurra a mi oído:
-¿Marga, te ha gustado?
-Sí, ha sido muy placentero.
-¿Quieres que siga?
-Sí, Felisa, pero no te enfades si no me encuentro a gusto y te
pido que paremos.
-No te preocupes, en cuanto tu digas basta yo paro y tan amigas
como siempre.
Felisa me cogió de la mano y tirando literalmente de mí, me
hizo llegar hasta su dormitorio, sin desnudarnos, ni siquiera
quitarnos los zapatos nos empezamos a besar efusivamente, su
lengua buscaba la mía. Yo en ese momento empecé con mis fantasías,
en lugar de ver a Felisa veía a mi hijo que me besaba, por fin
se estaba cumpliendo mi deseo, estaba realizando el incesto
madre hijo, a sus besos ardientes contestaba con otros aún más,
mi lengua jugueteaba con la suya, la chupaba con placer y
saboreaba su saliva, gritaba una y otra vez ¡Sigue Ardo, no
pares! Qué excitada estoy eres genial hijo. Ya fuera de mí le
dije:
-¿Ardo, Te gustan mis labios y lengua? ¡Los tuyos me encantan!
-Si, mamá. Me excita tu cuerpo. Ahora te voy a hacer disfrutar
con cosas que nunca has experimentado.
Felisa se ha dado cuenta de mi fantasía y me ha seguido la
farsa, cada vez que me hablaba se dirigía a mí como mamá, y
eso hacia que yo estuviera más excitada cada vez. Ahora mi
hijo, mi deseado hijo, pasó a mis pechos y los estuvo sobando
por encima del vestido y sujetador, el sentir sus manos acariciándolos
hizo que mis pezones alcanzaran su máximo tamaño, nunca lo había
tenido así. Después de un rato dijo:
-Mamá, ¡Prepárate! Ahora me comeré tu sabrosa vagina ¡Sí,
esa por la que hace años salí!
-Vale hijo, hazme tuya ¡Come y bebe todo lo que quieras!
Sin desnudarme, fue bajando de los pechos hasta mi entrepierna,
la que alcanzó tras levantar mi vestido hasta mis caderas y
lentamente comenzó una serie de besos y lamidas por toda mi
zona genital, besaba mis ingles y vulva si quitarme las bragas
que a esta altura de la velada las tenía húmeda de sudor y del
exceso de lubricación vaginal, exhaló profundamente y comentó:
-Mamá ¡Que aroma! ¡Me hace flotar el olor a sexo!
Dicho lo dicho, bajó mis bragas y poco a poco fue lamiéndome
la vulva desde la vagina hasta el clítoris pasando por los
labios vaginales. El placer era total, daba gritos de por lo
delicioso del masaje. Abrí los ojos y me percaté de que no era
mi hijo, era Felisa haciendo que disfrutara del sexo como no lo
había hecho nunca. Era fantástico todo lo que hacía, hubo un
momento en que introdujo su dedo corazón por mi vagina ¿O fue
por la uretra? No lo sé, lo que si sé es que me hizo disfrutar
de un gran placer que no era de este mundo ¡Casi pierdo el
sentido! Llegué al orgasmo y solté un gran chorro de un líquido
espeso y transparente que Felisa se bebió con visible
gusto.
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