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Relato Soy
lo que llaman en la jerga laboral un encargado de mantenimiento. Eso no
tiene nada de especial, es un trabajo como otro cualquiera. Lo especial
está en el lugar donde desarrollo dicho trabajo. El sitio en cuestión es
una escuela, una escuela privada de chicas, sólo chicas. Chicas
comprendidas entre las edades de 16 y 21 años, ¡qué bien pensarán! ¿Bien?
Aquí les quisiera ver, es un verdadero horror, ¡una tortura! ¿Por qué
se dirán? No quieran saber lo que es aguantar día tras día las
provocaciones de semejante bicho dañino. Las chicas en esas edades
necesitan estar con chicos, y aquí no los pueden ver y mucho menos tocar,
¡para eso estoy yo! No me dejan descansar en un solo instante, cuando no
es una es la otra. Con las que son mayores de edad, por aquello de la ley
no tendría problemas en satisfacer sus deseos, pero con las que son
menores, ¿qué puedo hacer? Las rehúyo como si de monstruos se trataran.
No, por favor otra vez no, ahí llega: -Hola
Prudencio, vengo para que me arregles el asa de la cartera, se me ha roto
y no puedo llevar así los libros, ¿Tiene solución? Lucrecia
es el demonio en persona, desde que ingresó hace dos años en la academia
no deja de provocarme una y otra vez para que haga el amor con ella. Estoy
más que harto, pero no puedo hacer nada por evitarlo. Lucrecia es hija de
un mafioso muy importante y me amenaza con contarle a su padre lo que hago
con ella, es una pescadilla de esas que se muerden la cola. Si no me la
follo, me amenaza con decirle a su padre que lo hago, y si lo hago me
tiene cogido ya que si se lo dice me mata, ¿qué hago? Nada, lo que estoy
haciendo desde hace dos años, hacer el amor con ella siempre que lo
desea. Tengo un miedo terrible a que se quede embarazada, pero sigue
insistiendo en que quiere practicar el sexo sin condón, solamente utiliza
las pastillas anticonceptivas. No sé muy bien lo que quiere conseguir,
pero como siga así al final lo conseguirá. ¡Sí, conseguirá que me
maten! -Déjame ver la cartera Lucrecia. Efectivamente, tiene solución. Puedes pasar esta tarde a recogerla la tendré arreglada. -Así lo haré, prepárate que te daré un regalo muy apetecible, ¡ya verás! -¡Vale
como quieras, tú mandas! No
habían pasado 10 segundos desde la salida de Lucrecia, cuando al recinto
donde tengo las herramientas y todos los utensilios habituales para el
buen funcionamiento de la escuela llega Amparo, la chica más dulce pero a
la vez más perversa de todas las que hay en la escuela. Cuando la veo el
corazón me palpita, ¡no sé si de amor, o de miedo! Tiene 16 años y
algunos meses, es una descocada y me provoca exagerada y abiertamente. No
le hago caso, y cuando ella llega, trato de ir a sitios donde haya chicas
y profesores. Este es un trabajo que no quiero perder y mucho menos,
perder mi libertad por acostarme con una menor, nunca lo he hecho y no
pienso hacerlo. Aunque la tentación es grande llevo 4 meses de victoria,
pero ella no ceja en sus intentos de que sucumba: -¿Dónde
vas Prudencio? No te marches, ¡mira que braguitas más bonitas! Me las he
puesto para ti, ¿quieres tocarlas? Son muy suaves y están húmedas, te
gustará. No
crean que sea un viejo decrépito y salido que las provoca, ¡nada de eso!
Soy un hombre de treinta años que se dedica a este oficio desde que salió
de la universidad con el título de ingeniería electrónica. Llevo dos años
trabajando aquí, ya que mi tía que es la directora me ofreció el puesto
de trabajo, que por cierto me dijo que si le hacía algo a las chicas me
cortaría las pelotas, ¡fueron sus palabras textuales! Lucrecia ha sido
el único desliz que he tenido debido al chantaje, pero con Amparo no
pienso caer en la misma trampa. ¿Qué puedo hacer? Si una hermosa y
encantadora chica se levanta la falda del uniforme y deja a la vista sus
pequeñas braguitas que sólo alcanza a cubrir su no menos encantadora
vulva. Te empiezas a imaginar cosas y la libido hace que empieces a
olvidar la promesa que hiciste a tu tía, te olvidas de ella y hasta de la
ley. He estado apunto de caer, pero en el último momento cuando estaba a
escasos centímetros de tocar su maravilloso cuerpo, ¡alguien, no sé quién!
Dijo: -Prudencio,
no lo hagas que te puede costar la vida. Esa
voz real o imaginada que escuché, me hizo pensar en Lucrecia, ¡en sus
celos! Si me encuentra tonteando con Amparo, no dudo que le dijera a su
padre que la he violado. Me matarían, ¡deja, deja...! -¿Porqué me haces esto Amparo? Sabes que eres menor de edad y que me metería en un gran lío si me encuentran tocándote, ¡no gracias, vete cariño! -Eres
un desagradecido, me las he puesto por ti, ¡ala, ahora me las quito! Como
les he dicho es encantadora, pero es muy perversa, se las quitó con
evidentes signos de enfado y me las tiró a la cara, se marchó como lo
que es, una colegiala enrabietada. Tomé entre mis manos esa minúscula
prenda y no pude resistir la tentación de llevármelas a la altura de mi
nariz para deleitarme con el aroma impregnado de su joven sexo. No tuve
ninguna duda, tenía planeado quitarse las bragas para que yo las pudiera
oler, por ese motivo estaban húmedas de orina y jugos vaginales, eran
signos evidentes de haberse hecho una paja, ¡se masturbó para mí! Pensando
en Amparo inicié la tarea de reparar el asa de la cartera de Lucrecia, mi
pene luchaba por enderezare debido a la excitación de la visión del
infantil sexo de tan perversa niña colegiala. Pero como estoy
acostumbrado aparté mi mente de la escena y me centré en el trabajo de
reparación de la cartera, ¡qué lucha! Un agujero por aquí, un tornillo
por allá, ¡ala ya está, cartera nueva! Ya he terminado la reparación
de la cartera de mi amante por obligación. Tomé
el bloc de notas donde apunto las reparaciones que tengo pendiente y la
siguiente faena que tenía que hacer era en el despacho de mi tía, ¡perdón!
En el despacho de la directora, Anabel que así se llama, no quiere que se
sepa que es mi tía, ¡sus motivos tendrá! Como no me cuesta hacerlo, ¡yo
la respeto! Siempre la llamo Señora Anabel. Armado con el cinturón de
las herramientas más habituales me dirigí al despacho de la directora,
¡oh sorpresa! ¿Qué son esos gemidos? En la secretaría, no está la
secretaria, ¿dónde puede estar? Me acerqué sigilosamente como si de un
felino en plena tarea de caza se tratara a su presa, en este caso la
puerta del despacho de Anabel, ¡no, qué es eso! Es Jazmín, la
secretaria y Anabel haciendo el amor fundidas en la posición del sesenta
y nueve, ¿Ahora que hago? Aquella escuela se estaba pareciendo cada vez más
a una escuela perversa de amor y sexo que a una escuela donde se imparte
cultura. Me
marché y las dejé disfrutando de su maravillosa sesión lésbica, ¿quién
soy yo para molestar a nadie cuando practican el sexo? Desde el despacho
de la directora fui hasta la clase de las chicas de 16 años, para cambiar
dos fluorescentes que estaban fundidos. De nuevo en esa mañana me encontré
con Amparo, que mientras que yo cambiaba los fluorescentes fundidos por
otros nuevos, ella aprovechaba para abrirse de piernas para que pudiera
ver como se introducía el dedo corazón en la vagina y lo sacaba
acariciando el clítoris, luego lo llevaba hasta la boca y lo paladeaba
como si de un caramelo se tratara, ¡como siga así, la descubrirán!
Recogí la escalera y me marché antes de que la excitación de mi pene me
delatara. Acalorado
salí de la clase donde estaba Amparo, y nuevamente me dirigí al despacho
de la directora, suponía que ya habrían terminado de hacer lo que
estaban haciendo, así fue, cuando entré en la secretaría, Jazmín ya
ocupaba su lugar de trabajo, ¡qué hermosa es Jazmín! Tiene 50 años y
está algo metida en carnes, pero cada día que pasa me gusta más y más,
¡me alucina su simpatía! -Hola Jazmín guapa, ¿está la directora en su despacho? -¡Gracias adulador! Está, ¿le digo que has llegado? -Sí,
dile que vengo a reparar la toma de corriente del ordenador que falla. Jazmín
me dijo que podía entrar, aprovechó la ocasión para guiñarme un ojo y
lanzarme un beso, es simpática sin tenerse que esforzar y por la forma en
que me mira, dudo que no le gusten también los hombres. Le respondí con
guiño dirigiendo la mirada hacia su pronunciado escote, ella sonrió.
Entré en el despacho de Anabel: -Buenos días Señora Anabel, vengo a reparar la toma de corriente del ordenador. -Bien,
puede empezar cuando quiera. La
toma de corriente estaba en una posición en la que podía ver las piernas
de Anabel durante la reparación, ella siguió trabajando como si en el
despacho no hubiera nadie, me fije en sus piernas para ver si podía ver
algo interesante, ¡nada! Anabel viste siempre muy recatada, y la falda de
vuelos le llegaba hasta las espinillas, solamente podía disfrutar de la
visión de sus pies acariciados por unos zapatos de tacón alto, ¡la hacían
sensual, pero nada de otro mundo! Cuando terminé de realizar el cambio
del enchufe de la toma de corriente averiada le dije: -Señora
Anabel, puede conectar el ordenador para ver si todo funciona
correctamente. Lo
conectó y aprovechó para levantarse e ir al cuarto de baño que tiene en
el mismo despacho, entró dejando la puerta entreabierta, se miró al
espejo y se hizo unos retoque en las cejas y se colocó bien el jersey,
situando en su posición el escote, Puso un pié encima de la taza del váter
y se ajustó bien las medias, por primera vez en mi vida pude ver un muslo
de mi tía que a pesar de sus 55 años estaba de muy buen ver. Se percató
de que la podía ver reflejada en el espejo y cerró completamente la
puerta, ¡qué día! Con todo lo que me estaba pasando, estaba tan
excitado que empezaba a dudar que lo pudiera resistir. -Señora anabel, todo funciona bien, ¿necesita algo más? -No
Prudencio, se puede marchar. Salí
apresuradamente del despacho de Anabel más excitado de lo normal, mi pene
sin yo darle la orden se estaba poniendo en posición de ataque, tenía
que llegar lo antes posible al cuarto de baño que tengo habilitado para
mi uso personal en el cuarto de calderas. Como pude con el cinturón de
herramientas me tapé la delantera del mono de trabajo que utilizo, pasé
por la secretaría, ¡que suerte! Jazmín no estaba en su lugar de
trabajo, ¡qué situación más embarazosa! Llegué acalorado a la sala de
caldera, entré en mi cuarto de baño y allí, me tuve que desahogar, ¡sí,
me tuve que masturbar! ¿Pasa algo? Estaba aliviado, pero no dejaba de
pensar en la situación en la que cada día tenía que afrontar mi
trabajo. Esperé un tiempo prudencial y salí del aseo en dirección al
taller, allí estaría esperando Lucrecia para recoger su cartera
reparada: -Hola Lucrecia, ¿Hace mucho que esperas? -Cinco minutos, ¿Qué te pasa, te veo acalorado? -Sí,
es que he tenido una mañana muy ajetreada. Saqué
el pañuelo del bolsillo para secarme el sudor, ¡craso error! Al sacar el
pañuelo cayó al suelo las braguitas de Amparo, ¡no me acordaba de
ellas! Lucrecia que las vio se abalanzó sobre ellas como una posesa. Las
recogió del suelo y las olfateó como si de un perro se tratara, ¡son de
Amparo dijo! Me quedé perplejo, Lucrecia además de chantajista era capaz
de averiguar a quién pertenecían las bragas con un simple olfateo.
Lucrecia era tan celosa que temía su reacción. -¿Qué
has hecho degenerado? Todavía es una niña. De esta no te salvas, ahora
mismo voy a decírselo a la directora. No
importaba lo que dijera, ¡no me iba a creer! Por lo que dejé que hiciera
lo que quisiera, le dejé que gritara, en definitiva que se desahogara, ¡lo
hizo, valla si lo hizo! Me llamó de toda clase de lindezas. Cuando se
calmó y se disponía a salir del taller, llegó la que faltaba para
acabar de arreglar el conflicto. ¡Amparo, no...! -¿Qué haces tu aquí, pedazo de puta? –Preguntó Lucrecia- -¿Puta
yo, tú si que eres una puta chantajista? –Contestó Amparo- Todos
los ingrediente de la fiesta estaban servidos, por una parte los celos de
Lucrecia, por otra parte la perversidad de Amparo. Lucrecia se acercó y
dio un empujón sobre el brazo izquierdo de Amparo, ésta, en un abrir y
cerrar de ojos tenía a Lucrecia estirada en el suelo aplicándole una
llave de judo, lucha libre, ¡o no sé qué! La cuestión es que Lucrecia
fue a dar con sus huesos al suelo, y Amparo con sus piernas a horcajadas
sobre la cabeza de Lucrecia, de manera que el coño desnudo de Amparo
tapaba la boca de Lucrecia, supongo que ésta, si le hubiera querido
morder le hubiera hecho mucho daño. Pero de morderle nada de nada, empezó
a lamerle suavemente, a lo que Amparo respondió con gemidos de placer, ¿qué
estaba pasando? Las dejé allí, disfrutando de su íra tan peculiar. Fui
al despacho de la directora y tras contarle todo lo sucedido le presenté
la dimisión, dimisión que aceptó encantada: -Prudencio, te hablo como tía tuya que soy, ¿recuerdas que te dije que si le hacías algo a las chicas te cortaría las pelotas? Pues te mentí, no te las cortaré yo, te las cortarán los familiares de Lucrecia, ¡tenlo por seguro! Te recomiendo que te marches del país, ¡no, mejor del mundo! ¿Lo harás? Estaba
a punto de contestar a Anabel, cuando se presentaron el despacho Lucrecia
y Amparo agarradas de la mano como si se tratara de dos chicas enamoradas,
¿qué pasó...? Habló Lucrecia: -Señora directora, hemos venido para contarle todo lo sucedido con el encargado de mantenimiento. -Chicas
habéis llegado tarde, Prudencio me lo ha contado todo. Está despedido.
Ahora si lo deseas puede avisar a tu familia para que le ajuste las
cuentas, ¡es todo tuyo! Lucrecia
contestó dando un beso de tornillo a Amparo. Después dijo que no diría
nada a su familia, que ella había sido la culpable de todo lo sucedido y
que Prudencio era una simple víctima de sus chantajes. Además, por él,
he conocido el amor de mi vida, Amparo esta dulce criatura, criatura que sólo
tenía ojos para ella, estaba como hipnotizada. Las dos salieron agarradas
de la mano. Aquello realmente parecía el inicio de una larga e idílica
amistad. Esta
vez tuve suerte, aprendí la lección y busque trabajo en una planta
petrolífera como buzo, así vería una mujer cada tres meses, ¡qué
descanso! *-*-* Denominación de la RAE de Género |
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