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Relato En
ese momento estábamos inmersas en un espiral de sensaciones y placer,
ella cada vez me daba más, ¡yo cada vez le exigía más! Mi madre
convertida en se momento en mi mejor amante me estaba dejando claro que si
en la familia había alguien que sabía disfrutar y hacer disfrutar el
sexo, ¡esa era ella! De
mis labios y mi boca, bajó besando y lamiendo cada centímetro de mi piel
hasta llegar a mi escote, ¡no le importó! Poco a poco fue besando mis
pechos por ambos lados del canalillo (es el canal que forman los dos
pechos de la mujer), ¡qué sensación! Entonces de repente, mi madre paró
de acariciarme y dijo: -Paula, por favor, ¡no me lo digas! ¿Sigues teniendo los pechos como cuando tenías 15 años? -¡Lo siento mamá, no ha sido una cosa que yo halla podido elegir! Sigo con esos pechos pequeños y redondos, ¿no te gustan? -Al contrario hija, desde que tenías quince años siempre soñé con tener unas tetas pequeñas y redondas como las tuyas. Siempre te he observado, pero como en casa vas siempre tan tapada, ¡suponía que algo te habían aumentado! A tu padre le encantaban los pechos pequeños. De hecho tengo hora concertada con la clínica de cirugía estética para esta semana, tu padre me hizo hace meses ese regalo por las bodas de plata, ¡deseaba verme con los pechos redondos y pequeños! -No
te pongas sentimental, disfruta de mis pequeños pechos todo lo que
quieras. Mi
madre con ese comentario no pudo evitar derramar lágrimas al volver a
recordar la reciente desaparición de mi padre. Pero él estaba muerto y
nada se podía hacer ya para que viviera. Entonces para que lo empezara a
olvidar, fui yo la que la despojó de los tirantes de su fino camisón, me
dediqué a lamerle, succionarle y acariciarle sus blancos y suaves
hombros, era un verdadero placer para mí el besar todos y cada unos de
los poros desde su cuello hasta sus hombros y desde allí pasar a sus
tersos pechos. He de decirles que aunque suene a tópico, mi madre con sus
45 años está de muy buen ver. Yo dentro de 20 años, cuando tenga los
suyos quisiera estar como ella. Pero lo que no comprendo es que se quiera
operar, ¡tiene unos senos hermosos! -Mamá. Por favor, relájate y deja ya de pensar en papá, ¡sé que es difícil! Pero por tu bien debes hacerlo, Recuerda que él, esté donde esté, te estará viendo y como te quería y aún lo sigue haciendo, ¡quiere lo mejor para ti! Quieres que le tengas en tu corazón, pero al tiempo que disfrutes de la vida todo lo que él no ha podido. ¿Lo harás? -Sí
hija lo haré, me estás dando mucho placer, ¡sigue acariciándome, no
pares! Me centré en acariciar sus pezones con mi lengua y succionarlos con mis labios, empezó a dar pequeñas señales de placer emitiendo leves gemidos. En repetidas ocasiones pasaba de mis pechos a su boca, me excitaba sentir la sensación de su saliva acariciando mi lengua, yo disfruté tanto, estaba tan excitada que estaba en constante estado orgásmico. Mi sexo estaba dando buena cuenta de ello, Me sentía húmeda, ¡qué digo, mojada! -¿Te gusta mamá? -Me encanta, me pone los vellos de punta sentir tus labios y tu lengua acariciar mis ya viejos pechos, ¡es sensacional, estoy a punto de correrme! No
sé si mi madre estaba mintiendo por complacerme, lo que era bien seguro
es que yo no lo estaba haciendo. Estaba tan excitada que el pantalón del
chándal de algodón que llevaba, estaba todo mojado por la zona de mi
vagina, ¡parecía que me hubiera orinado! Sintiéndome empapada, imaginé
como estaría ella, mi mano derecha se introdujo por su entrepierna hasta
alcanzar sus braguitas, ¡también ella esta húmeda! Apartando las bragas
introduje mis dedos en el interior de la vagina y los impregné de sus
mucosas vaginales, los llevé hasta su boca y ella con placer los lamió,
posteriormente me besó como ella lo sabe hacer, introduciendo su lengua
hasta el fondo, ¡otro orgasmo! -Mamá, ¡eres la leche! Cuando introduces tu lengua en mi boca haces que me corra del placer. -Si
hija, aprendí mucho con tu padre. Llegó
el momento tan esperado, ¡acariciar su zona clitoridiana! Fue una cosa
rara, mi corazón en ese momento se aceleró, sentía el bullir de la
sangre por mis venas. En infinidad de ocasiones le había visto el coño,
pero el tenerlo allí, al alcance de mis manos y a la altura de mi boca,
hacía que la tensión fuera máxima. -Espera
hija, me quitaré el camisón para estar más cómoda. ¿Quítame tú las
bragas? En
ese momento me encontraba arrodillada, y ante mí, a la altura de mi boca,
sus bragas, sus húmedas bragas expeliendo el olor de su sexo, ¡otro
orgasmo! Más mucosa vaginal para mis pantalones... ninguno de los hombres
con los que había estado me había hecho sentir el éxtasis que sentía
con mi madre. ¡Qué aroma! Cada momento que pasa descubro alguna cosa
sobre mis gustos sexuales, estoy observando que el olor de sexo de mujer
hace que me derrita, ¡qué salida estoy! Como estaba allí, absorta
mirando su sexo a través de las bragas, mi madre dijo: -¿Venga
hija, a qué esperas? Como
pude con mis manos temblorosas le bajé lentamente las bragas hasta que
llegaron a sus tobillos, alzó una pierna, luego la otra. Las tomé entre
mis manos y las acerqué hasta mi nariz para exhalar su exquisito aroma,
mezcla de olor a sexo, orina y su perfume íntimo. Mi madre quedó ante mí
completamente desnuda. Mis ojos se clavaron en su hermoso clítoris
excitado, no parecía estar al máximo de su longitud, pero poco le
faltaba. Acerqué mi mano derecha para tocarlo con mucha expectación. Mi
madre nuevamente pero sonriendo exclamó: -¡Tócalo
hija, no muerde! Sin contestarle lo acaricié tomándolo suavemente entre mis dedos índice y pulgar. Lo tenía completamente erecto. No puedo explicar el placer que experimenté, ¡fue fantástico! Alcancé el enésimo orgasmo, mis pantalones estaban goteando de tanto líquido vaginal. No podía aguantar más mi curiosidad y acerque mi boca hasta aquel clítoris inmenso, lo introduje en mi boca y comencé a acariciarlo con mi lengua y labios, ¡ella gritaba de placer! Varias convulsiones denotaron que llegó al orgasmo. Su vagina chorreaba abundante lubricante, lubricante que recogí en mi boca para acto seguido llevarlo a la suya. Fue en su boca donde debido a su habilidad llegué a un nuevo orgasmo, ¡que técnica tiene la condenada! Después de un tiempo jugando con mi lengua y llegando con la suya hasta el fondo de mi boca. Dejo de hacerlo: -Hija,
¡prepárate! Ahora me toca a mí. Me
despojó de la camiseta escotada que llevaba, dejando mis pequeños pechos
al alcance de sus manos, ¡yo lo esperaba! Pero no los acarició, ni
siquiera los tocó con sus manos. Les dio un beso en cada una de las
aureolas al lado izquierdo de ambos pechos, ¡que cosa más extraña! Los
dejó de lado y siguió desnudándome, ahora le tocaba al pantalón del chándal: -Veo que estás muy caliente, tu coño chorrea de puro placer. -Sí
mamá, ¡lo estoy! En
ese momento no sabía lo que me esperaba, pero cuando me tuvo desnuda y
con mi vagina a su disposición, ¡creí morir! Morir por el placer que me
hacía sentir. Empezó con caricias en mis labios vaginales superiores
hasta excitarlos de tal manera que dilataron, pero no fue eso lo mejor.
Con sus dedos índice y pulgar de ambas manos sujetó los labios
interiores y los empezó a estirar hasta que de tanto frotarlos tuve
nuevamente un orgasmo. Pero este fue con convulsiones espectaculares y con
gritos que llegaban al cielo, ¡cielos qué placer! Los besó suavemente y
con delicadeza me tumbó en el suelo del salón y dijo: -Nena,
ahora te voy a penetrar con mi pequeño pene, o si lo prefieres con mi
gran clítoris, sentirás tanto pacer que no lo podrás soportar y tendrás
un orgasmo como nunca has tenido. No
le contesté nada, estaba expectante por sentir ese excitante apéndice
erecto de mi madre en el interior de mi vagina. Nuevamente empecé a
sentir el intenso bombear de mi sangre en las venas. La excitación era
total, estaba tan lubricada que parecía que me estaba orinando, ¡nada más
lejos de la realidad! Mi vagina segregaba mucosas en cantidades
exageradas. Fue sentir su clítoris en el interior de mi vagina y
conseguir el orgasmo más intenso de toda mi dilatada vida sexual. Me corrí,
realmente me corrí, de mi uretra salió una gran cantidad de líquido
transparente y un poco espeso, ¡no era orina! Les aseguro que no lo era. Estoy
escribiendo y todavía me tiemblan las piernas al recordar el placer que
me hizo sentir mi primera amante femenina. Desde ese día, no pasa ninguno
que no practiquemos juntas el sexo. Ella disfruta, yo disfruto. Estamos
muy contentas y poco a poco vamos superando la perdida de mi padre, ¡su
marido! Hace
unos días le pregunté a mi madre que es lo que significaba eso de los
besos en las aureolas junto a los pezones y me contestó: -Hija,
no seas impaciente, poco a poco te iré enseñando cosas que practicaba
con tu padre, ¡no creas que las vistes todas! Me
dejó cortada, resultaba que los muy pillos sabían que yo les espiaba.
Resultaba que ellos estaban actuando para un público al que querían
agradar, ¡esa era yo! Pero... ¡jolines! Si lo sabían, es seguro que
también me espiaban en mis largas masturbaciones, ¡seré idiota! Yo
también actuaba para ellos, ¡pero sin saberlo! *-*-*
Denominación de la RAE de Género |
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