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Relato Desesperado
por el miedo a volar, mi corazón palpitaba cuando el avión se acercaba
al la pista de rodadura, el despegue era inminente. El personal auxiliar
de vuelo nos dio la vara con las normas de seguridad internacionales como
si fueran policías leyéndonos nuestros derechos. Al despegar la sensación
que produce la aceleración sobre el asiento hace que mi presión sanguínea
se extreme y que extrañamente mi pene consiga una erección que para sí
quisiera las pastillas azules. Acongojado por la tensión del vuelo
solicité los servicios de una auxiliar. -Señorita,
sería tan amable de traerme un calmante, ¡fíjese como tiemblo! -Si
Señor, ya veo que el despegue le ha alterado. –Dijo acariciando con sus
ojos mi abultada entrepierna- Yo,
un hombre con experiencia, un hombre hecho y derecho, con pelos en el
pecho y de 55 años de edad, no podía evitar tener miedo a volar, era
superior a mis fuerzas... en mi retina quedó retenida la imagen de
aquella hermosa auxiliar trigueña de ojos azules. Estaba como catatónico
cuando escucho una voz que decía: -Señor,
tenga el calmante que ha solicitado, ¡tómeselo, esto le tranquilizará hasta
que lleguemos a Sydney. Sin
darme tiempo a contestar aquella excitante auxiliar de vuelo acercó sus
carnosos labios a mi oído y con voz acaramelada y sensual dijo: -¿Todavía
le dura, qué suerte tiene su esposa? Esas
fueron las palabras que iniciaron una gran amistad. Durante todo el
trayecto estuvo cuidándome como si de un niño se tratara... por suerte
para mí, a los quince minutos del despegue mi excitación bajó y por
efectos del calmante estuve relajado hasta que el avión tomo tierra en el
aeropuerto de Sydney. Cuando
me disponía a bajar del avión esa sensual y madura auxiliar de vuelo me
dio una tarjeta con su número de teléfono. En ella escrita a bolígrafo
la palabra “llámame”. Sin
dudarlo cuando estaba en el hotel marqué el número y expectante aguardé
contestación: -¡Dígame,
Rosa al habla! -¿Está
Anabel? -Está
en la ducha, espere un momento que ahora mismo se pone. Durante
cinco minutos estuve colgado al teléfono escuchando la conversación que
Rosa tenía con Anabel. Por los jadeos que escuchaba estaba seguro de que
estaban haciendo el amor, ¡qué extraño! Se habían olvidado de mí, y
se pusieron a disfrutar del sexo. -¡Oiga!
¿Está todavía ahí? -Sí
Anabel, hace cinco minutos que espero. Ha sido una espera interesante. -¿Lo
ha escuchado todo? Anabel
se hacía la sorprendida, pero me estaba temiendo que lo ocurrido era una
actuación para mí... Por casualidad o por cosas del destino, la casa
donde vivía Anabel estaba al cruzar la calle, justamente frente del
hotel. Estoy casado, respeto a mi mujer, pero en lo que respecta a la
fidelidad soy un pésimo marido, siempre que puedo aprovecho para echar un
buen polvo, y esa ocasión la pintaban calva. Aquella mujer me interesó
desde el primer momento en que la vi... atravesé la calle y llamé al
interfono para que me abriera, estaba impaciente por verla. Llamé con
nervios a la puerta del ático B, instantes después, el cerrojo de cierre
se deslizó quedando la puerta entreabierta unos -Pase
y cierre la puerta, estamos en la habitación del fondo a la derecha. Anduve
indeciso por aquél oscuro pasillo en el que al final vislumbraba una luz
blanca que entendí que era la habitación a la que hacía referencia la
voz... era así al llegar tuve la agradable sorpresa de ver a dos jóvenes
mujeres retozando encima de una amplia cama, hacían el amor fundidas en
una excitante posición de tijeras frotándose sus depiladas vulvas.
Anabel cámara en mano y ataviada con un ajustado y corto vestido de látex
color negro, las fotografiaba de todas las posturas posible. -Espera,
¡Ahora te atiendo! De momento disfruta mirando a mis preciosas niñas. Sus
preciosas niñas como Anabel las llamaba no parecían pasarlo mal, daban
gritos por el placer que debían experimentar. El roce de sus vaginas era
casi frenético, los alborotados gritos dieron paso a un orgasmo
sincronizado en el que los espasmos y contracciones dieron paso una sesión
de lluvia dorada como nunca antes había visto, se besaban y lamían por
toda la geografía de sus esplendidos cuerpos. Aquello pudo con el dominio
y control de mi excitación, mi pene se puso en estado de lucha y no podía
aguardar por más tiempo preso en el interior de mis pantalones. -Chica,
limpiarlo todo y a la ducha, os espero luego en la sala. -¡Vale
mamá! –Dijeron las dos al tiempo- Anabel
dejó la cámara guardada en su estuche y agarrándome de la mano me
condujo a la sala de estar que era inmensa, como lo era aquel ático...
Estaba cortado, no sabía que decir pero ella rompió el hielo. -Todavía
no sé tu nombre, ¿cómo te llamas? -Me
llaman Alfredo. –Le contesté con una sonrisa- -¡Qué
casualidad! Te llamas como mi primer marido. Aunque no temas, no te
pareces en nada a él, el pobre era más feo que pifio. Sentados
en el sofá me fijé en sus piernas tersas y de músculos trabajados en el
gimnasio, me chocaron con la
edad que le suponía a Anabel... intuitiva acariciándose con las manos
desde las pantorrillas a los muslos dijo: -¿Te
gustan mis piernas Alfredo? -¡Loco
estaría si no fuera así! Tienes unas piernas preciosas. -Puedes
tocarlas, no seas tímido. –Dijo mientras se bajaba la falda del vestido
para no dejar a la vista sus bragas- No
soy para nada tímido, pero tenía que reconocer que aquella situación
después de un viaje de 14 horas me hizo dudar si debía acariciar
aquellas sensuales piernas, ¡dudé, pero lo hice! Con el reverso de mis
manos acaricié sus piernas desde las rodillas hasta alcanzar sus muslos,
tenía una piel blanca suave y de temperatura cálida. Anabel cerró los
dos luceros preciosos que tenía por ojos, con la lengua humedeció sus
carnosos labios y con los dientes mordió levemente el inferior, ¡no tenía
dudas! Estaba tan excitada como lo estaba yo... me acerqué para besarla y
su aroma me embriagó, cortos y leves besos en la comisura de sus labios
dieron pasa a un suspiro. -Mamá,
ya hemos terminado, nos hemos bañado y perfumado, ya no olemos a pipi. ¿Señor,
le gusta el olor a pipi? -Sí,
me encanta oler las bragas de mi mujer cuando las tiene puesta durante
todo un día de trabajo, ¡eso me excita! Aquellas
maravillosas niñas de Anabel fueron inoportunas, pero iban vestidas de
una forma tan sugerente que mi excitación no bajó un ápice. Además me
sorprendieron cuando me dijeron: -Espere
Señor, ahora voy al cuarto de baño y le traigo las bragas que ha llevado
mi madre puestas durante las 14 horas que ha durado la última escala del
vuelo desde Madrid. -No
seas cochina hija, lo mismo Alfredo ha dicho que le gusta el olor por
cortesía. Por
cortesía o no, aquel diablo de criatura acompañada por su hermana
alborotadas se alejaron saltando en dirección al cuarto de baño para
traerme las bragas usadas de su madre Anabel. Mi pene, ¡mi mente! Hizo
que la excitación del momento llegara al máximo, si no me calmaba y
dominaba la situación quedaría en una pésimo lugar ante aquellas fantásticas
mujeres. -Ya
estamos aquí Señor. –Hablaban como si fueran niñas- Además de las
bragas de mamá, le hemos traído las nuestras que llevamos ayer en el
viaje que hicimos desde Florida, ¡también somos azafatas, sabe! Simpáticas,
excitantes y tomando el rol de adolescentes, cada una se sentó en una de
mis rodillas y me dieron a oler el penetrante aroma de las bragas de su
madre. Después de respirar profundamente su olor, me dieron a inhalar las
de cada una de ellas, eran fragancias similares pero cada una con sus
matices. Lo cierto es que mi flujo preseminal empezó haciendo acto de
presencia cosa que denotaba la mancha que lucía mi bragueta. -Venga,
Díganos que olor le gusta más. -¿Es
necesario que me defina por uno de ellos? Los tres son muy excitantes. No
me decanté por ninguna de las tres bragas, las tomé en mis manos y con
un gesto de satisfacción aspiré nuevamente sus fragancias y les dije: -Lo
siento chicas, me gustan los tres por un igual. –Sonrieron y se
marcharon dejándome a solas con su madre- Anabel
sorprendiéndome y con cara de satisfacción por el trato que sus hijas me
estaban dando introdujo su mano derecha en su entrepierna y apartando
hacia un lado las bragas impregnó sus dedos en el jugo vaginal que tenía
en abundancia... me los dio a oler y posteriormente los introdujo en su
boca para paladearlos como si de caviar ruso se tratara. -Alfredo,
veo que estás muy excitado por lo que te han hechos las diablas de mis
hijas, ¿quieres que te mame el pene? No
había terminado de decirlo y sin darme tiempo a reaccionar, ya estaba
desabrochando la correa que sujetaba el pantalón. Con el pene erecto y
con el glande impregnado por el líquido preseminal Anabel se lo introdujo
en la boca hasta meterlo en su totalidad. No entiendo como no le daban
arcadas, ya que mi pene tiene una longitud de -Cuando
estés a punto de eyacular dímelo, quiero que deposites el contenido de
tu eyaculación en esta copa, ¡me gusta saborearlo trago a trago! Así
lo hice, llegado el momento culminante de mi excitación cuando estaba a
punto de soltar una copiosa eyaculación, Anabel tomó en su mano
izquierda la copa de cristal de bohemia y con la otra siguió masturbándome
hasta que exploté de placer, ¡qué orgasmo! No desperdició ni una gota,
ya que con su boca succionó hasta dejarme seco. Pero la excitación era
continua, ya que tenía mucho morbo el ver como aquella preciosa mujer de
pelo casi rubio, labios carnosos y con ojos azules se deleitaba bebiendo a
pequeños tragos el resultado de mi excitación. -Tiene
un gusto fantástico, ¡nunca me harto de él! Lo
que a mi mujer le parece repugnante, a Anabel le encanta, aunque nada le
puedo reprochar, pues a mí me tira para atrás el echo de beber su mucosa
vaginal... pero como nunca es tarde si la dicha es buena, Anabel, cuando
hubo lamido hasta la última gota de semen, con la misma copa la introdujo
entre sus piernas y poco a poco con repetidas contracciones fue expulsando
el contenido de su vagina, ¡me temía lo peor! -Toma,
ahora te toca a ti, ¡bébelo, verás que rico! Hice
verdaderos esfuerzos pero las arcadas me vencían, no pude saborear aquel
para ella exquisito manjar, ¡no se enfadó! Llamó a sus pequeñas y
estas se lo tonaron pasándoselo de una boca a la otra mientras poco a
poco se consumía. Pensé, aquí se ha terminado esta velada de excitantes
fetiches, pero no fue así. Anabel, las niñas de 25 años y yo nos
trasladamos a la amplia cama y en ella durante toda la noche estuvimos
practicando el sexo de todas la formas imaginables. Fue
un viaje fantástico en el que además de aprender nuevas técnicas de
sexo, cerré 5 contratos que tenía entre manos desde hacía 3 años...
Aquella especial familia de azafatas me hicieron disfrutar de lo lindo,
les he dejado mi tarjeta para cuando pasen por Madrid y si les apetece se
acerque a mi casa en la que serán bien recibidas. Le expliqué a mi mujer
lo sucedido y con sorna dice que tiene muchas ganas de conocerlas, ¡cree
que mujeres así no existen¡ *-*-* Denominación de la RAE de Género |
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