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Relato A
Daniela la conocí durante el viaje hacia una convención de temas de
ingeniería electrónica digital en el año 2006, más concretamente el día
26 de mayo. Era una mañana espantosa, lluvia, viento y tormenta sin
cesar. Coger un taxi era una proeza, todos iban llenos o simplemente no
paraban, así estuve durante más de diez minutos, ya cabreado y fuera de
sí, entre en el hotel para que me pidieran uno, les dije el destino. Fue
un acierto, nada más pedirlo el taxi hizo acto de presencia en la puerta
del hotel. Paró bajo la marquesina y el conserje me abrió amablemente la
puerta ¡Qué sorpresa! Sentada en el lado izquierdo al fondo tras el
conductor, unas hermosas piernas se divisaban: -¡Perdone señora! Se han equivocado de taxi. -¡No!
No es una equivocación. Yo voy al mismo lugar que usted y me ha
preguntado el chofer si podía recoger a un pasajero. Pase, no se quede ahí
mojándose. Entré
en el taxi sin dejar de mirar a sus piernas, concretamente a sus
pantorrillas estilizadas a las que acompañaban unos tobillos para mí
perfectos adornados con una tobillera de oro, los pies no les podían
desmerecer, enfundados en unos zapatos de tacón de aguja dejaba entrever
la juntura de sus dedos en el empeine ¡Quedé como hipnotizado! Entonces
ella dijo: -¡Hola, me llamo Daniela! ¿Cómo se llama usted? -Roberto
¡Mucho gusto! Ella
no lo sabía, pero era tanto el gusto que me había dado el conocerla que
sin no trataba de relajarme, cuando llegara al lugar de destino no podría
bajarme del taxi ¡Es de risa! Pero me había provocado una erección
espectacular. Empecé una conversación e intenté olvidarme de sus
piernas, la erección fue remitiendo y a la llegada pude bajar sin miedo a
ser descubierto. Todo el tiempo que permanecimos en la convención
estuvimos charlando, a la salida fuimos a comer y durante ella estuvimos
conociéndonos, ella siempre era quien llevaba la iniciativa: -¿De
donde eres Roberto? Esperando mi respuesta, se llevó un trozo de lubina a la boca, lo saboreaba con exquisito placer al tiempo que con sus preciosos ojos marrones miraba fijamente a los míos: -¡Qué
casualidad! Yo también soy de Madrid. Prácticamente
ni la escuchaba, no me importaba de donde era, lo que me importaba es como
era. Durante toda la comida la estuve observando e imaginando como serían
sus piernas. Decidí a los postres el intentar ligármela, aunque de hecho
en el fondo estaba convencido que era ella la que me estaba ligando a mí: -¿Cuando vuelves para España? -Mañana en el vuelo 375 de Iberia que sale a las once de la mañana. -¿Qué casualidad? Yo también me marcho mañana en ese mismo vuelo. -Adiós Daniela hasta mañana, que pases buena noche. Nos vemos en el aeropuerto. Alas
7 de la mañana me despertaron desde recepción como les había dejado
encargado, y al tiempo me dieron un mensaje de parte de Daniela diciéndome
que no llamara a ningún taxi, que ella pasaría a buscarme con el suyo e
iríamos juntos al aeropuerto. Así lo hice, a las 8 la esperaba en la
puerta del hotel. A las 8 en punto como si de ella dependiera, el taxi
hizo su aparición ¡Qué puntualidad! El conserje muy amablemente abrió
la puerta y llevó mi equipaje hasta el maletero, me despedí de él dándole
una buena propina: -¡Hasta la próxima Benito! -Adiós Sr. Roberto ¡Que tenga buen viaje! Entré en el taxi y allí, Daniela esa preciosa mujer me volvía a deleitar con sus hermosas piernas. Esta vez me ofrecía gran cantidad de muslo al descubierto, no sé si por motivo de descuido, debido al tamaño de su vestido o simplemente por pura provocación ¡De nuevo alucinas Roberto! Acuérdate que ayer te dejó bien claro de que no quería ninguna clase de romance contigo ¡No seas tonto! Que después sufrirás de desamores. Despierto de mis pensamientos y le digo: -Gracias
Roberto ¡Fuera de lugar! ¿Por qué? Se
acercó y me dio un beso de saludo en la mejilla, al que yo contesté con
otro casi rozando sus labios. La cosa prometía ¿Qué mujer actúa así
si no quiere ligar? Al separarse abrió ligeramente sus piernas. Le pude
ver por unos instantes sus braguitas de color blanco y de una tela casi
transparente ¡No la mires! No es el momento de ponerse en posición de
campaña. Al percatarse de su desliz, cerró las piernas y se estiró la
falda hacia abajo y comenta: -¡Perdone mi descuido Roberto! -¡Perdone usted mujer! No lo he podido evitar, mis ojos se han clavado en su entrepierna. -Si puedo convencer a la persona que le toque a su lado ¡Sin duda lo haré! -No hay de qué contestó la chica ¡Dándole ánimos! Estaba fría ¡Helada diría yo! Como no podía ser de otra manera le recogí el equipaje y lo puse en un carrito junto al mío y la acompañé hasta el emplazamiento de su vehículo, repetidas veces me ofrecí para llevarla hasta su domicilio, cosa que rechazó diciendo que estaba recuperada y que lo podía hacer ella sola. Con un intercambio de tarjetas de presentación, las gracias y un beso nos despedimos.
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