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Relato -Son
esos, esos rojos de la derecha. -Dijo señalando con el dedo índice- Pidió
unos
preciosos
zapatos rojos con cierre en el tobillo por correa con hebilla metálica
montada sobre un elástico. Exterior de materia sintética. Interior y
plantilla de piel mullida.
Suela con placa de elastómero con estrías. Tacón forrado de piel
de -¿Qué
número calza por favor Señorita? -El
35, gasto un 35. –Contestó mirándome a los ojos y posteriormente
dirigiendo su mirada a la cremallera de mi pantalón- Necesitaba
el trabajo y no me podía arriesgar a decirle nada que la incomodara, por
ese motivo haciendo caso omiso a su mirada la acompañé hasta los
probadores y fui a buscar al almacén los zapatos solicitados... Esa vez
tomé de la estantería tres pares de zapatos de los números 34, 35, 36.
No tenía ganas de volver, ¡empezaba a tener experiencia! Cuando
regresaba cargado de las tres cajas vi que la chica tenía un acompañante,
¡qué rabia! Con él delante no podría intentar ligar con ella. Llevaba
cuatro horas trabajando y ya me creía el rey de mambo. -Señorita,
aquí están los zapatos que me ha pedido. -Gracias.
–dijo esta vez con voz seca- Su
acompañante la intimidaba tanto a ella como a mí. Aunque estaba callado
su mirada era penetrante. La chica se descalzó de las sandalias de tacón
que llevaba puestas, cuando le vi los pies casi pego un grito, ¡qué
horror, qué pies! Eran grandes pero bonitos, obviando la presencia del su
acompañante dije: -¿Señorita
está usted segura que calza un número 35? -Sí,
desde que cumplí los 16, ¿lo duda Usted? –Contestó con gesto de
enfado- Intentó
meter la punta del pie en el zapato y medio de él le quedaba fuera, pero
ella cabezona hizo lo imposible para introducir aquellos pedazos de pies
en el número 35, ¿cómo lo hizo? ¡Ni idea! El caso es que logró
meterlos, pero era evidente que con aquellos zapatos no podría dar un
paso sin destrozarse los pies. En ese preciso momento cuando me disponía
a decirle que esos zapatos la matarían, el chico que la acompañaba le
dice: -Mariana,
este chico tiene razón, esos zapatos no son de tú número. Pero
Mariana era más tozuda que un rebaño de cabras pastando por la montaña.
Ella, ¡erre que erre! Después de mucho discutir accedió a probarse el número
36. Se los probó y también le quedaban estrechos. -¿Le
van bien esos Señorita? -No,
me siguen estando muy ajustados, no sé que me ha pasado, pero necesito
por lo menos un 39. La
encargada y la dependienta más antigua estaban disfrutando de lo lindo al
ver al pipiolo desenvolverse hecho un manojo de nervios con la clienta, no
paraban de reír ni un solo instante. Néstor, ten paciencia me decía
para mis adentros. En el momento de ver aparecer a esa chica tuve ganas de
intentar ligar con ella, pero una vez que la había conocido ni por todo
el oro del mundo sería capaz de irme a una isla desierta para pasar un
mes junto a ella... Cuando llegaba a los probadores, después de ir al
almacén por los zapatos de marras vi que la chica y su acompañante
discutían y él se marchó. -¿Un
mal día Señorita? -¡No
lo sabe bien! Todo me ha salido del revés, ¡hasta los zapatos me dan de
lado! Mariana
al contrario que la clienta anterior olía a rosas, hasta sus pies lo hacía,
¡no les miento! De todo su cuerpo despedía una fragancia que me
recordaba al jardín de mi casa al amanecer de un día de primavera. Me
sentí con fuerzas y me atreví a decir: -¿Me
permite que le pruebe yo los zapatos? -Sí
por favor, hágalo que a mí se me han pasado las ganas de comprarme nada. Aprovechando
que en ese momento nadie me observaba, sin ninguna ética profesional ni
dada que se le pareciera, le puse los zapatos y aproveché su caída de
moral para acariciarles las piernas desde los tobillos hasta los muslos.
Viendo que no hacía nada por rechazarme, aventuré mi mano al interior de
su entrepierna por debajo del corto vestido, con las yemas de mi dedos
acaricié su bragas. Entonces ella para ponerme en un aprieto o
simplemente porque deseaba más, cerró sus piernas sujetando mi mano
entre sus muslos. Intenté zafarme pero aquella chica tenía una fuerza
fuera de lo normal, para asegurarse de que no escapara agarró mi muñeca
con su mano derecha. -¿Qué
le parece si ahora llamo a su superior? Estoy segura que le gustará verle
con las manos en la masa. -Señorita,
no lo haga, ¡necesito este trabajo! La he acariciado para consolarla, me
he puesto muy triste al verla alicaída. Me
hizo sufrir durante unos instantes hasta que vio que mi encargada se
acercaba hasta donde estábamos. En ese instante me soltó. -Me
gustan estos, ¡me los quedo! –Dijo cuando la encargada llegaba a
nuestra altura- No dejaba de sonreírme, cuando nos dirigíamos a la caja para pagar, en un descuido de la encargada me pasó una tarjeta con su dirección y teléfono. Como es de recibo, pagó y con su fresco olor a rosas se marchó... Seguí trabajando, el resto del día no sucedió nada que fuera de reseñar. El resto del tiempo que me quedaba para terminar la jornada laboral la pasé pensando en esa chica...
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