La embolia

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Datos ténicos

Las sombras me persiguen

Título: La embolia
Autor: Gestialba.com
Productor: Gestialba.com 
Gión:

Gestialba.com

Protagonista principal: Madre
Actores: Madre, Hijo.
Musica: Gestialba.com
Fotografía: Gestialba.com
Editada: 2007
Género: Misterio 
Duración: 005 minutos 
Recomendada: Mayores de 18 años

 

Relato

Aquella noche había bebido en exceso, estaba lo que normalmente se dice con un pedo lúcido ¡Me explico! Estaba borracho, pero sabía lo que hacía en todo momento ¡O eso creía yo! Cuando llegue a casa, mi madre estaba esperando para ver en qué situación llegaba ¡No era la primera vez que regresaba beodo! Ella, mi madre, no sabía lo que hacer para que no bebiera ¡Les aseguro que lo intentaba! Pero yo no le hacía caso.  

-¿Qué, otra vez embriagado, no te da vergüenza con 25 años volver a casa que ni siquiera sabes cómo te llamas?

-Sí, mamá ¡Mi nombre es! Me llamo, me llamo...  

Cuando desperté estaba acostado en mi cama completamente desnudo ¿Me desnudé yo, o lo hizo mi madre? No alcanzo a recordar. Como es natural en estos casos, me levanté con una resaca de las que hacen historia ¡Esto que hago no puede ser bueno! Mi madre constantemente me lo dice ¡Un día te arrepentirás! Siempre me repite ¡Me recuerda hasta la saciedad! Hijo, te dará una embolia y en el mejor de los casos quedarás afectado en tu movilidad. Siento pasos, mi madre se acerca me taparé para que no me vea desnudo:  

-¿Qué espita, se te ha pasado ya la tajada?

-Mamá, no se que es lo que estás diciendo ¡Me duele la cabeza, por favor déjame dormir!  

Esa mañana era domingo, desde el viernes a las seis de la tarde en que dejé de trabajar estuve bailando, bebiendo, bailando... bebiendo, bebiendo... Así pasé el tiempo hasta que recordé que debía volver a casa. Lo hice el sábado sobre las diez de la noche, lo recuerdo ya que miré el reloj antes de entrar ¡Qué dolor de cabeza! Esta vez creo que me he pasado en la cantidad de alcohol que he tomado. Necesito ir al cuarto de baño y eliminar de mi estómago todo el contenido que pueda y orinar la máxima cantidad.  

¿Qué me ocurre? ¡No me puedo levantar! Todo me da vueltas, tengo frío y no siento la parte derecha de mi cuerpo. Asustado grito:  

-Mamá, mamá ¡Me encuentro mal!  

Mi madre apareció en mi cuarto asustada con su cara pálida. Sentada junto a mí, sin realizar ninguna pregunta dice:  

-Te lo decía, no digas que no te advertí ¿No te puedes mover, cierto?

-¡Es cierto! Solamente puedo mover la parte izquierda y me cuesta hablar.  

Mi madre, mi siempre sacrificada madre con lágrimas en sus ojos llama al servicio de urgencias:  

-¿Sí, dígame?

-Oiga, mi hijo no se puede mover de la cama, necesito una ambulancia.

-¡Cálmese señora! ¿No se puede mover, a qué se refiere?

-Se ha acostado un poco bebido y ahora no se puede mover, no puede mover la parte derecha de su cuerpo y se expresa con esfuerzo ¡No perdamos el tiempo, necesito una ambulancia para llevarle al cetro médico lo antes posible!  

Le tomaron todos los datos y pidieron la dirección donde debía acudir la ambulancia. Treinta minutos después de la llamada ¡Por fin! Hizo su aparición la ambulancia. Si llega a ser un paro cardíaco, seguro hubiera muerto.  

-¡Buenos días señora! ¿Dónde está el enfermo?

-Pasen por este pasillo, está al final, en la habitación de la derecha.  

La ambulancia resultó ser un hospital móvil, con una dotación de dos sanitarios y una doctora ¡Joven, muy joven por cierto!  

-¿Qué te ocurre?

-No puedo mover la parte izquierda de mi cuerpo y tengo un fuerte dolor de cabeza.

-¿Te has dado algún golpe?

-No me he dado golpe alguno, pero he estado consumiendo alcohol desde el viernes hasta ayer a las diez de la noche.  

La joven y simpática doctora me estuvo preguntando algunas cosas para ver como actuaba. Su diagnóstico era claro y dirigiéndose a uno de los sanitarios dijo:  

-Es una embolia cerebral, no hay dudas ¿Ve su boca ligeramente torcida?

-Sí, doctora ¿En qué hospital lo ingresamos?

-Lo ingresaremos en el hospital... Es el que mejores especialistas en la materia tienen.  

Nada más escuchar a la doctora decir en el hospital que me ingresarían, perdí el conocimiento y desperté cuando estaba de camino al hospital. Abrí los ojos.  

-Hola hijo ¿Cómo estás?  

Aunque la sentía correctamente, no acertaba a pronunciar palabra alguna. Ella al ver que no contestaba lloraba y lloraba, la doctora me atendía y al tiempo la consolaba:  

-No se preocupe, se curará ¡Ya lo verá!  

La ambulancia se dejaba sentir, su sonido se clavaba en lo más hondo de mi castigado cerebro ¡Qué dolor de cabeza! Ya se que ahora es tarde, pero si salgo de esta el único líquido que beberé será el agua. Supongo que es lo que decimos todos cuando estamos en una situación delicada ¡Después se nos olvida! A mí no, a mí no se me olvidará la promesa que estoy haciendo ahora ¡Beberé siempre agua! Aunque sea comiendo gambas a la brasa ¡Qué horror! Gambas con agua en un manjar exquisito para el paladar ¡No se consuela el que puede, sino el que quiere! Llegamos dice la doctora:  

-Ahora tranquilo, te harán muchas pruebas para saber que es lo que te pasa, en quince días estarás fuera.

-¿Fuera de donde, del hospital o de esta miserable vida?

-¡Qué dices muchacho! ¿Tienes 25 años y ya estás cansado de la vida?

-No, cansado no ¡Asqueado sí!

-¿No me digas que eres unas de esas personas que se creen victimas de la sociedad, una persona de esas que se creen en posesión de la verdad?

-No sé si es la verdad ¡Pero si que es mi verdad!

-Siento que pienses así ¡Sigue bebiendo, llegarás lejos!

Mi concentración no me permitió seguir dialogando con la joven doctora, y mucho menos mi dolor intenso de cabeza ¡Qué dolor! El dolor era cada vez más y más penetrante ¡Era insoportable! En urgencias me reciben y se dirigen a la doctora:  

-¿Qué le ocurre?

-Creo que tiene una embolia, en el parte de asistencia está todo escrito.

-Nos lo llevamos, tienen para 3 horas, sus familiares pueden ir a descansar.

-Gracias les informaré.  

La doctora se marchó para hablar con mi madre que estaba fuera en la sala de estar. Supongo que le diría que tenían que hacerme pruebas y más pruebas. La verdad que fueron tantas que perdí la noción del tiempo. A mí me dolían, pero pensaba en lo mal que lo estaría pasando mi madre y eso hacía que lo soportara ¡Sobre todo qué dolor de cabeza!  

-Ya hemos terminado, ahora te subiremos a planta y te ingresaremos en la habitación 217, en unos minutos pasará el doctor y te dirá el tratamiento a seguir ¡Espero tengas suerte!

-Gracias.  

Esas fueron las últimas palabras que sentí dirigidas a mí durante mucho, mucho tiempo. No puedo precisar si pasaron 1, 2 ó 3 horas, lo que si puedo decir es que durante ese largo periodo de tiempo, nadie se dirigió a mí para decirme nada. Tenía la sensación de estar abandonado. Vi pasar por el fondo del pasillo a una enfermera que se dirigía hacia mí, le llamé:  

-¡Oiga señorita! Llevo en este pasillo más de 5 horas y nadie ha venido a decirme nada de nada ¿Qué está pasando?  

Cogió en sus manos el informe redactado por los componentes de la sección de los cuidados intensivos y dijo:  

-¡No puede ser! Tendría que estar en el depósitos de cadáveres ¡Está muerto!

-¡Qué dice señorita, estoy vivo y muy vivo!  

La déspota o lela enfermera abandonó la fría sala en la que estaba mi camilla aparcada, Sin lugar a dudas esa enfermera me estaba tomando el pelo ¡Cómo habría de estar muerto, ella estuvo hablando conmigo!  

-Señorita... Le pido por favor que venga para decirme que es lo que está ocurriendo.  

 ¡Bien! Al final del pasillo veo una intensa luz blanca brillante que parece ser una puerta que se abre ¡No puede ser! No creo que sea la famosa luz blanca del túnel que se divisa cuando una persona muere y sus demonios vienen para llevárselo. Eso es un tópico o leyenda urbana ¡Nada de eso existe! Yo no creía que existiera el famoso túnel de luz, pero esa luz seguía allí y no de dejaba de brillar ¡Parecía llamarme hacia ella! Por un momento creí que abandonaba mi cuerpo y me dirigía para entrar en su interior. Desperté de repente de mi hipnosis:  

-Ahí está, este es el chico olvidado ¡Llévelo al depósito! Y avise de lo ocurrido a sus familiares que deben de estar angustiados en la sala de espera.  

El celador encargado de transportarme al depósito le comento a la enfermera con energía ¡Cabreado, diría yo!  

-Yo lo llevaré al depósito, pero no les daré la noticia a sus familiares ¡No es mi trabajo, no me pagan para eso!  

Estaba aterrado ¡Helado! Al oír las palabras que decían esas dos personas. Hablaban de mí como si estuviera muerto ¿Cómo puedo estarlo? Escucho lo que dicen ¡Además les veo! Hoy no es el día de los santos inocentes ¡No puede ser una broma! No dejaba de gritar de camino al depósito, pero nadie me hacía caso, los pasillos hasta llegar a él, eran oscuros ¡Tétricos!  

-Aquí le dejo este fiambre, su familia aún no sabe que ha fallecido ¡Tienen que avisarles!

-Bien, lo haremos no se preocupe. Cuando terminemos de hacerle la autopsia les avisaremos ¡Váyase tranquilo!  

Gritaba con toda mis fuerza ¡Pero no me oían! Era evidente, estaba muerto, una de mis juergas me había pasado factura ¡Ahora era tarde! Lamentarse ahora ya no servía de nada. Me puse triste, muy triste por mi madre. El dolor de cabeza empezó a desaparecer y poco a poco fui dejando de ver y de escuchar ¡Todo se hizo oscuridad! ¡Dejé de existir!

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