Gorda impostora III

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Datos ténicos

Relatos de minifaldas - Minifalda.

Título: La gorda disfruta el cunnilingus
Autor: Gestialba.com
Productor: Gestialba.com 
Gión:

Gestialba.com

Protagonista principal: Alana
Actores: Alana, Kirck
Musica: Gestialba.com
Fotografía: Gestialba.com
Editada: 2007
Género: Novela negra
Duración: 005 minutos 
Recomendada: Mayores de 18 años

 

Relato

En el capítulo (I) dejamos a nuestro protagonista a punto de ser atado a una silla por la desconcertante Alana. En el capítulo (II) La malvada y trastocada mujer le rompe la mandíbula a Kirck y posteriormente le practica una felación.  

Alana después de hacer que mi polla alcanzara la máxima tensión, empezó a rozar su poblado pubis contra mis rodillas realizando un baile sensual, si no fuera por lo que me estaba sucediendo, sin duda alguna estaría gozando de ese momento. Pero el dolor que sentía debido al desencaje de la mandíbula hacía que ni siquiera la mirara. Cerré los ojos para hacer que mi pene se replegara a la situación de inicio. Pero ella dijo:  

-¡Estúpido, abre lo ojos! Mira como bailo para ti. ¡Fíjate que pechos más tersos, mira que pezones! ¿Te gustaría lamerlos?  

La muy malvada, sabiendo que no tenía la mandíbula como para poder morderla acercó unos de sus pechos y me obligó a darle unos lametones, la lengua podía moverla con facilidad pero sin hacer gestos extremos. Sus pezones mostraban una gran erección, ¡hacer sufrir debía ser su pasión! Estuvo durante un buen rato dejándose lamer los puntiagudos pezones. La hendidura de su vagina empezaba a brillar debido a los jugos vaginales que comenzaba a expeler. Estaba tan cachonda que incluso empezaba a jadear. Habló:  

-Ahora pedazo de degenerado pondré mi vagina a la altura de tu boca y quiero que succiones todo el jugo que de ella sale. ¡Pobre de ti si no lo haces!  

Yo no contesté nada, ella me lo había advertido. Si hablaba sin darme permiso, sin pensarlo un momento dispararía contra mí. Por lo tanto no la contrariaba en nada de lo que me pedía. Puso una silla a cada lado de la que yo ocupaba, se subió y a horcajadas y con movimientos insinuantes acercó su peluda vagina a mi dolorida boca, me ordenó que le practicara un cunnilingus. Debido al sabor de sus jugos empecé a excitarme, lamer su sexo provocó en mí, una erección que sin desearla, estaba a punto de hacerme eyacular. ¿Cómo lo tomaría ella? Le dije:  

-Alana, Estoy a punto de correrme, ¿qué hacemos?  

Aunque era difícil, entendió perfectamente lo que yo le decía. Su cara desprendía alegría, ¡estaba satisfecha! Contestó:  

-Como te corras, te prometo que te corto el pene y se lo hecho a los gatos del patio para que jueguen con él. ¿Lo has entendido?  

Siguiendo sus deseos tuve que pensar en el dolor que me había provocado y en el dolor que aún tenía que hacerme. Desvié mi atención de su cuerpo y la erección de mi pene automáticamente disminuyó, aunque continuaba excitado. Al bajar de la posición en la que estaba agarró mi pene con su mano ligeramente lo masturbó. No pude aguantar más, mi pene echó todo lo que permanecía retenido, ¡fue una eyaculación fuera de lo normal! Y eso que estaba a punto de ser ejecutado. El resultado de mi eyaculación fue a parar a sus pechos, cara y un buena parte a su boca. Eso la enfureció:  

-¡Cerdo, me has manchado! Te lo dije, degenerado inmundo.

Se acercó con furia y me sacudió un fuerte puñetazo en ambos lados de mi costado. Me provocó tanto dolor que no pude aguantar y grité como un verdadero loco. Eso pareció calmarla:  

-Grita, grita todo lo que desees, ¡nadie te escuchará! Esta es una sala insonorizada, de hecho toda la casa está preparada para que nadie pueda escuchar nada desde fuera.  

Terminó la frase y para demostrarlo, me propinó otro puñetazo en la boca del estómago, ¡casi pierdo el conocimiento! ¿Qué me esperaba ahora? Pronto lo supe:  

-Kirck, como lo has hecho muy bien, para que disfrutes antes de morir, te dejaré que sigas lamiendo mi vagina, ¡Te felicito, lo haces muy bien!  

Me obligó a que durante más de 15 minutos le practicara nuevamente el cunnilingus. No dejaba de correrse, lo notaba por los jadeos y la gran cantidad de líquido que expulsaba. Excitado como estaba me volví a correr, pero ella estaba tan concentrada en su placer que no se dio cuenta de que le manché una de sus piernas. Ella estaba a lo suyo. Al tiempo que le practicaba el cunnilingus trataba con disimulo pero con fuerza, deshacerme de las ataduras que me obligaban a permanecer atado a la silla, y por ende, sometido a toda clase de vejaciones, ¡estaba decidido! Si lograba desatarme la atacaría con contundencia sin tener en cuenta que estaba armada, y mucho menos sin remilgos por ser mujer. De repente y aun estando en el cenit de un orgasmo. Sin dejar de disfrutarlo gritó:  

-Eres sensacional. Me has hecho disfrutar más que ninguno de los degenerados que he matado.  

Y sin mediar más palabras, me obsequió con dos puntapiés, ¡Uno en cada espinilla! Extraña manera de agradecer nada. Cada momento que pasaba era crucial para poder desatarme y así poder salvar la vida. Aquella mujer era una psicópata despiadada. El dolor que me hizo sentir en las espinillas provocó que me olvidara del dolor de la mandíbula, ésta, al gran gesto de dolor que hice, se volvió a encajar y con rabia le grité:  

-Alana, a la mínima que pueda, te prometo que haré que te arrepientas de esto. Estás haciendo que emerja el animal que llevo dentro, ¡monstruo, eres un monstruo!  

No contestó, se marchó dando fuertes carcajadas. Desapareció del salón. Al cerrar la puerta no se oía nada, todo estaba en silencio, ¿qué sucedería ahora? La hora de ser violado por esa terrible mujer estaba próxima. Durante su ausencia aproveché parar intentar desatarme, pero no tuve suficiente tiempo. Alana entró nuevamente en el salón, ¡se había cambiado! Vestida con minúsculas braguitas negras que a penas cubrían su tupido bello y sujetador haciendo juego. Se dirigió amenazante hacia donde estaba sentado, con rostro desencajado y con palabras cínicas dijo:  

-Eres un chico malo, eso que estás haciendo no se hace, ¡no irás al cielo!  

Era perversa y astuta, revisó las ataduras y no dudó en reforzarlas con nuevas cuerda que añadió a las ya existente, ¡estaba hundido, abatido! La única baza que tenía para escapar de tan caótica situación se había ido al traste. ¡Abuelita, por favor ayúdame! 

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