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Relato En
el capítulo (I) dejamos a nuestro protagonista a punto de ser atado a una
silla por la desconcertante Alana. En el capítulo (II) La malvada y
trastocada mujer le rompe la mandíbula a Kirck y posteriormente le
practica una felación. En el capítulo (III) Nuestro protagonista es
obligado a realizar un cunnilingus, posteriormente fue sorprendido
intentando escapar, ¡Alana lo castiga! En
su mano derecha empuñaba el revolver, en su mano izquierda una caja de
preservativos de 24 unidades. ¿Qué intentaba? Matarme de un disparo o de
agotamiento por mediación de la práctica del coito, ¡24 unidades, son
muchos condones! Para ver si la hacía compadecerse mediante halagos: -Alana, eres muy hermosa, ese conjunto te queda muy bien. -No
me adules, no creas que por que digas cosas agradables te dejaré vivir,
¡ni lo pienses! ¿Ves esta caja? Tiene 24 preservativos, si eres capaz de
correrte 24 veces. Lo mismo te perdono la vida. La
estrategia de la adulación no funcionaba con esa perspicaz mujer, mi
abuelita no me hacia ni puñetero caso, ¡pobre... ya le gustaría! Estaba
abandonado a los designios del destino. Llegados a ese punto, ya no me
importaba morir. Sólo tenía una cosa muy clara y que hacía que no
estuviera arrepentido de nada, ¡nunca hice mal a nadie! Y menos a esa
desquiciada mujer. Puedo morir tranquilo: -No hace falta que lo intente. Yo no soy superman, y mucho menos unos de esos “fantasmas” creídos que se jactan de echar polvos por doquier. Yo a lo sumo 4, ¡y ya llevo 2! ¡Tú verás que haces! -No te pongas chulito conmigo que te descerrajo 2 tiros ahora mismo. -No
lo creo, no as culminado tu fantasía. Te voy conociendo y hasta que no
logres agotarme haciendo el amor, no me matarás. ¿Tengo razón? El
semblante de su cara cambió, ya no sonreía, se puso seria. Montó el
mecanismo percutor del revolver y me puso el cañón en la sien izquierda: -Si
no dejas de vacilarme ahora mismo, acabo con este juego. ¡No me importa
cambiar mis fantasías! Había
dado en el clavo. Alana estaba tan mal de la cabeza y era tal su obsesión,
que hasta que no realizara el acto sexual final no me mataría. No lo haría,
pero eso no quitaba que no me hiciera más daño. Si me resisto, ¿qué me
ocurrirá? En tono desafiante le dije la mayor tontería que he dicho
nunca: -No te vacilo. Tengo una habilidad muy curiosa, si mi cerebro quiere, ¡o sea, yo! Mi pene no se pondrá erecto, y tú no podrás violarme. Hagas lo que hagas no entrará en erección. Durante
más de 20 minutos estuvo intentando que mi pene entrara en fase de
excitación, pero era tal el terror que sentía que ni se inmutaba. No le
importaban las caricias de sus manos o boca. Cada minuto que pasaba estaba
más y más cabreada temía lo peor: -Te
vas a arrepentir por esto. ¡Espera ahora vuelvo! Se
marcho de allí dando gritos como poseída por sus demonio. Pero antes con
la punta del tacón descargó su peso encima de mi empeine izquierdo. Era
sádica y estaba cabreada. Sin duda alguna me estaba buscando la muerte,
¡qué más daba! Estaba ya muerto. En unos instantes volvió con una caja
que parecía ser de manicura: -¿Qué vas hacer ahora, depilarte? ¿Crees que así me excitarás? ¡La verdad es que te hace falta! -No,
degenerado Yo no me voy a depilar, ¡te voy a depilar a ti! Me
imaginaba lo que quería hacer, quería infringirme una tortura lenta sin
llegarme a matar, así en un momento u otro ella conseguiría una erección,
y con ella, el temido coito de la muerte. No me equivoqué, tomó unas
pinzas de la caja y se sentó en el suelo cómodamente ante mí aparato
genital, quedaba a la altura idónea para ir quitando pelo a pelo. Empezó
por los vellos del pubis, el primero no me dolió, di un pequeño suspiro
pero aguanté estoicamente, Así uno tras otro y entre pelo y pelo. Una
caricia a los testículos, una lamida al pene. Yo seguía en mis treces,
la tenía como si de un gusano de seda se tratara, ¡sí arrugada! Ni forzándola
la podría introducir en su vagina. Así pasó más de tres horas. Eran ya
las 5 de la mañana. Todavía estaba vivo, y todos mis genitales
totalmente depilados y ensangrentados por tan cruel tortura. Pero en el
fondo contento por haber resistido y no sucumbir a los deseos de tan mala
mujer. Viendo mi victoria sobre ella le propuse: -Alana,
si me sueltas, te prometo que realizaré el acto sexual contigo y
posteriormente yo mismo me pegaré un tiro. ¡Si ese sigue siendo tu
deseo! La
vi tan abatida que me di cuenta que podría acceder a tan ingenua
proposición. Se había quedado totalmente callada. Tras unos momentos de
mirarme a los ojos y con lágrimas en los suyos dijo: -¿Crees que soy lela, realmente lo crees? -No, lela no. ¡Pero entiéndelo, lo tenía que intentar! Recapacita mujer. No sé por qué haces esto, supongo que tus motivos tendrás, ¡yo no te he hecho nada! Salí en tu defensa en el cine, ¡por favor, déjame! Te prometo que no le diré nada a nadie. -Déjame
que me lo piense. Estoy muy cansada. Ese
déjame que me lo piense me dio un poco de esperanza, salió lentamente
del salón y me dejó allí en la situación en la que estaba. Maltrecho y
sangrando por los labios, empeine y genitales, ¡era una piltrafa! Pasaron
5 horas, tiempo que aproveche para dormir y recobrar fuerzas. Alana no
volvía, y eso empezaba a preocuparme. ¿Qué me pasará si le da por
marcharse y dejarme allí atado? Mis sospechas eran ciertas, según el
reloj de la sala había pasado un día completo desde que se marcho de la
sala. Yo estaba débil, tenía sed y ganas de ir al cuarto de baño. Veía
cerca mi fin. Pasaron 12 horas más, y mi pulso empezaba a decir, ¡basta,
me marcho! Estaba a punto de perder la consciencia cuando: -Papá, ¡cuidado, hay un ladrón!
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