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Relato Soy
la nieta de mi abuela, y ésta, la madre de mi madre. Las tres formamos un
trío muy peculiar, ninguna de las tres creíamos ser lesbianas, ¡de
hecho no lo somos!, pero desde la trágica muerte de mi padre y de mi
abuelo en un accidente laboral, vivimos juntas y hemos tenido alguna que
otra experiencia lésbica. Mi abuela tiene 50 años, mi madre 34 y yo 18
recién cumplidos. Tanto mi abuela como mi madre no quieren saber nada de
tener relaciones formales con hombres, y mucho menos volver a casarse,
dicen que con la experiencia de un matrimonio ya han tenido más que
suficiente, que ya saben qué es disfrutar de un pene entre sus piernas,
¡eso dicen! Ninguna de las tres somos mujeres de bandera, ¡estamos bien!
Pero sin llegar nunca a tirar cohetes para la celebración de nuestra
belleza. ¡Queda dicho! Somos mujeres del montón. Tras
el entierro de nuestros seres queridos, después de atender a todos y cada
uno de los asistentes al velatorio y posterior entierro, quedamos las tres
solas en casa. La tristeza nos invadía, les echábamos a faltar. Mi
abuela lloraba, mi madre abrazada a ella lo mismo hacía, y yo, a las dos
pensativa miraba, ¡leches... eran dos tíos geniales! Cuando pierdes algún
ser querido, ¡ahora lo sé! te quedas vacía, baldía de ideas y casi con
nulas ganas de vivir, ¡es un momento muy duro! Se te hace un nudo en la
garganta que es muy difícil de describir. Tienes una sensación de
dejadez, no hasta el punto de dejar de comer, ¡no! Pero si que todo te da
un poco igual, en ese preciso momento y no en otro, te das cuenta de que
nos somos nada, y hasta diría que no valemos nada. En esa situación tan
frágil de sentimientos, fui yo la que empezó con los mimos y caricias
que terminaron en una verdadera sesión de sexo, ¡es triste decirlo! Pero
gracias a eso salimos del bache en que nos encontrábamos. ¿Saben
aquello del muerto al hoyo y el vivo al bollo? ¡Eso hicimos! Nunca mejor
dicho, nos comimos el bollo, ¡sí, el bollo como se denomina en Cuba a la
vulva! Me acerqué hasta donde mi madre lloraba en el hombro de mi abuela,
me abracé a ellas y debido a un impulso o a la pérdida de control por
todo lo sucedido, ¡lo hice! Besé a mi abuela en los labios y con mi
legua acaricié la suya al tiempo que introducía mi mano por su falda
camino de su entrepierna. -¿Qué
hace Beatriz? –Dijo perpleja mi abuela con lágrimas en los ojos- Mi
abuela es una persona muy seria y chapada a la antigua, agarró mi mano y
me la retiró de la entrepierna y no hizo nada por corresponder a mi beso.
Yo estaba como en una nube, baja de defensas, ¡o de tensión, no sé! Me
sentía débil por los días sin descanso pasados. No le contesté nada,
me aparté de ella y le hice lo mismo a mi madre que estaba también
sorprendida de lo que había hecho con su madre. Pero a diferencia de mi
abuela, ella si correspondió al beso acariciando con su lengua la mía, y
fue ella la que me introdujo su mano por debajo de la falda hasta hallar
mis bragas, acarició toda mi vulva por en cima de ellas. -¿Qué
es lo que está pasando, no respetáis la muerte de vuestros padres?
–Volvió a decir con voz inequívocamente enojada- Mi
madre se acercó a ella e intentó explicarle que yo estaba muy triste por
la pérdida de mi padre y de mi abuelo, y que una manera de consolarse era
la de hacernos caricias. Le intentó hacer entender que no había nada de
desagravio en la memoria de ellos, al contrario, que eso estaba sucediendo
por el amor que les procesaba, ¡estuvo bien! Pero a mi abuela no la
convenció. Entonces mi madre y yo empezamos a besarnos desenfrenadamente
dejando a mi abuela al margen, que con los ojos desencajados observaba lo
que estaba sucediendo, ¡no decía nada, sólo miraba! Para ella aquel
momento debió de ser horroroso, una mujer tan religiosa como ella viendo
a su hija y a su nieta realizando el preludio de lo que sería un acto
sexual. Mi
madre me siguió el juego, ¡no lo dudó!, me besaba en la boca, la cara,
el cuello las orejas... parecía que le fuera la vida en ello, Poco a poco
nos fuimos desnudando hasta quedar con bragas y sujetador ella, yo
simplemente con bragas ya que tengo unos pechos muy pequeños y no los
utilizo. Mi abuela al vernos en esa situación extraña para ella,
sollozaba, ¡pero no se marchaba! Parecía que la escena lésbica no le
desagradaba del todo. Durante ese tiempo que estuvimos acariciando y
besando nuestros cuerpos, ¡la angustia desapareció! La terapia estaba
haciendo su efecto, ¡era lo que necesitábamos! En un momento del acto,
no miramos fijamente a los ojos y sin decirnos nada entendimos que no podíamos
dejar a mi abuela allí, apartada y sin participar en nuestra fiesta, ¡o
llámenle de la manera que quieran! Nos acercamos y ella por un lado, y yo
por otro, muy lentamente fuimos introduciéndola en nuestro rol, ¡no dijo
nada! Se dejó llevar, nos trasladamos hasta el dormitorio, la desnudamos
y le dimos un masaje en todo su cuerpo, conseguimos relajarla al tiempo
que excitarla, ahora no sollozaba, ¡ahora gemía! Sin duda empezaba a
disfrutar del momento y a empezar a olvidar el mal trago de los días
pasados. Denominación de la RAE de Género |
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