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Relato -Si
Jesús, había quedado con él para hacer este crucero. Ayer cuando te dejé
en el aeropuerto no era para ir a una reunión de trabajo, era para
encontrarme con él e irnos los dos juntos de viaje. Estuvimos toda la
tarde en un hotel, pero nos enfadamos y se marchó, ¡me dejó tirada! -¡Jolines
mamá! ¿Qué tenías pensado, dejarme allí en el aeropuerto tirado? Mira
que eres... después dices que te odio, ¡te equivocas, no te odio! Pero
me tendrás que reconocer que motivos me das para tenerte poco o ningún
cariño, ¿Estás de acuerdo? -¿Por
qué lo dices Jesús? -¡Déjalo
mamá... déjalo! No se si te haces la tonta o si la bebida te ha
trastornado el cerebro, ¿no te das cuenta de cómo estás actuando? -¿Por
qué lo dices Jesús? –Extrañada vuelve a preguntar- Con
esa segunda pregunta después de todo lo que le había dicho. me di cuenta
de que mi hermosa pero egoísta madre estaba perdiendo la cordura. La dejé
allí en la cama del camarote y yo me fui al comedor para cenar, ¡decidí
hacer el viaje por mi cuenta! Cené tranquilamente y cuando terminé, pedí
un café irlandés. -¡Por
favor, tráigame un café irlandés bien cargado! –Le pedí al camarero- -Lo
siento Señor, pero es usted muy joven. No puedo servir alcohol a menores
de edad. El
amigo Murphy, ¡sí, aquel de las leyes! Estaba en contra mía, por eso si
algo podía salir mal, mal saldría. -¡Oiga
usted caballero! Tengo 18 años, ¿quiere ver mi pasaporte? –dije tirándome
un farol, ya que no lo tenía- -Sí,
por favor, ¡enséñemelo! Fui
un idiota, no sé el motivo de tan desafortunada respuesta, en lugar de
pasaporte tendría que haber dicho carné de identidad, ¡pero no, tuve
que decir pasaporte! No obstante reaccioné raudo y me busqué en los
bolsillos de la camisa y le dije: -Lo
siento, no tengo el pasaporte me lo he dejado en el camarote, ¿le vale
con el carné de identidad? -Por
supuesto Señor, ¡déjemelo ver! Salvado
por la campana, aquel viejo pero amable camarero me trajo sin más
comentarios el café irlandés, bebida que pedí por el simple hecho de
que ya era mayor de edad para poderlo hacer. Lo bebí a pequeños sorbos y
aquello me supo a rayos, ¡nunca había tomado alcohol! Pero lo hecho,
hecho estaba y no había lugar para la retirada. Pegué el último sorbo,
pagué y me marché a la discoteca para distraerme un rato antes de irme a
dormir. Qué
día más largo, son las diez de la noche y estoy agotado, pero aún así
me apetece estar un rato escuchando música a todo trapo. Desde luego
cuando les llaman ciudades flotantes es porque lo son, esta discoteca no
tiene que desear nada en absoluto a las discoteca de cualquier ciudad.
Nada más entrar la vi, toda vestida de blanco, pelo corto rubio, camisa y
minifalda blancas, ¡esa será la madre de mis hijos! Estaba vuelta de
espaldas, tenía un físico impresionante capaz de enamorar a cualquiera.
Como se encontraba sola me acerqué para entablar conversación, se gira,
¡no, no puede ser! -¿Qué
haces aquí mamá? –Le dije frustrado y lleno de rabia- -¡Ya
lo ves Jesús, bailando! Alina,
mi madre, estaba allí bailando y yo la confundí con la mujer que deseaba
para que fuese la madre de mis hijos, como coloquialmente se dice, ¿qué
más me puede pasar? Estoy destinado a encontrármela por todos los
rincones del barco, Estaba a punto de irme al camarote para descansar
cuando me pregunta: -¿Jesús,
quieres bailar conmigo? Estaba
enfadado con ella, estaba enfadado con su egoísmo, con su desenfreno y
con su ligereza al vestir. Pero dentro de mí, había algo que me hacía
sentir intrigado por aquel ser casi despreciable. Era tan bella que
empezaba a desearla, ¿me
dije, qué puedo perder? -¡Vale
mamá! Pero he de decirte que sólo sé bailar música ligera. Lento no sé
dar ni un paso sin pisar a alguien. -No
te preocupes, yo te enseñaré a bailar lento. Hizo
que la sujetara con mis manos por el talle, me enseñó a dar algunos
pasos que pronto aprendí, allí estuvimos bailando durante más de media
hora, parecíamos dos enamorados que estaban fascinados el uno por el
otro, ¡todos miraban! La verdad es que mi madre, ¡como siempre! Empezaba
a dar la nota, no dejaba de besarme en la cara las orejas el cuello... -Mamá,
¡déjalo ya, todo el mundo nos mira! Por
esa vez me hizo caso, salimos de la pista y nos dirigimos a la barra.
Aunque no lo necesitaba mi madre pidió un güisqui doble, ¡mal empezaba! -¿Quieres
uno Jesús? -No
mamá, sabes que yo no bebo, ¡es malo para la salud! Después
de 4 güisquis dobles mi madre estaba en la misma situación del día
anterior, ¡normal, si no come! Con mucho beber y poco comer el cementerio
has de ver, este es un dicho que alguna vez sentí decir a alguien, ¡qué
razón tenía! -Mamá,
por favor no bebas más. ¡Vamos al camarote para descansar!
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